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De una ofrenda de Bach

De una ofrenda de Bach. (Publicada en Contrapunto, El Salvador.) Carlos Fuentes nos decía: la novela no es un género, es un espacio donde convergen todos los géneros. Y al acercarse a la gran novela descubrimos y re-descubrimos esa verdad maravillosa, que lleva consigo que la novela sea también, reveladora, es decir, permita permanentes descubrimientos. Pero tal vez, esta revelación sea un regalo tan solo de la re-lectura. Re-leer sería abrir la puerta que dejamos entreabierta la primera vez, cuando no nos atrevimos a pasar dentro, y apreciar lo que no estábamos preparados para ver.  Gracias a la novela, quizás, entramos sin darnos cuenta no solo  a esas  cronologías y descripciones de las variadísimas formas  de la cultura de los pueblos; a las tortuosas preguntas e inquietudes del ensayo y de la filosofía; a las divagaciones impresionantes de seres que habitan los universos literarios, que se vuelven modelos, paradigmas o rasgos universales ...

El jardín perfumado

El jardín perfumado. Hay riquezas que en su sencillez, pasan desapercibidas. Nos acompañan, tan solo a la espera de un breve comentario, una ligera mirada de reojo o una simple interjección. Como parte de nuestra vida cotidiana, las especias, parecen esencias fútiles en un mundo que adora el brillo, el ruido y la pesadez. Se dice que en el siglo XVI, al valor moral de una persona se le comparaba metafóricamente con el valor ¡de un saco de pimienta. ! Y las Cruzadas, el descubrimiento de nuestro continente, como la vuelta al mundo que realizó por vez primera Fernando de Magallanes, escondían a su seno la ambición por alcanzar  el lejano Oriente, es decir, la fuente misma de las raras especias. Hoy observo un pimentero de alguna mesa, y me parece increíble que hace 500 años, se haya matado por un pu ñado de sus granos ; se hayan urdido y ejecutado guerras por la posesión de la canela, la nuez moscada, el clavo, la mostaza.  Su valor, era para los comerciantes...

Ayer enterré a mi abuela

A María Antonia Huezo 12 de diciembre de 2012 Silenciosamente, como antes de su muerte ella había vivido, su ataúd bajó a la tierra. Es decir, esta tierra, la de este país, que hoy visito para acompañar a esta menuda mujer, en su marcha. Viviendo en el extranjero, la bondad de Dios y la buena voluntad de otras personas, me ha dado la oportunidad de estar a tiempo para velarla y enterrarla. Para conversar con ella a solas. Con sus 91 años, llevaba en sus ojos apagados, imágenes ya olvidadas por todos o jamás presenciadas por ninguno. Recuerdo que en un cuento, Borges se pregunta sobre quienes fueron los últimos ojos que vieron a Cristo, y sobre qué cosas se han perdido con cada persona que muere. ¿Qué cosas se han perdido con la muerte de esta mujer, que engendró a toda mi familia? Es que quizás, pese a la historia individual de cada vida humana, a cada uno el destino nos depara una memoria irrepetible de las cosas del mundo, de las que nacen de la bondad y de las que na...

La tristeza en la literatura.

La tristeza en la literatura. Publicado originalmente en Revista Tres Mil. Diario Colatino Hace algunos días leí unas palabras, una sentencia, una conclusión: la alegría no nos necesita , la autora de dicha frase, me pareció, resumía en cinco palabras todo un largo camino de comprensión del por qué de la literatura, del poema. Por extraño que parezca, en esas cinco palabras se esconde toda una verdad inobjetable. No aceptarla, no lidiar con ella por lo menos, nos deja al margen de la realidad, del mundo, del destino, de una mejor comprensión de la vida.  Cuando Marguerite Duras escribe eso, nos quiere  sin duda, decir muchas cosas. Pero precisamente, creo - como era su costumbre-, nos da las palabras necesarias, las justas, para entrar a un sentido todavía mas profundo y complejo, aquel que nos explique el por qué se escribe… Intentando recordar algunas palabras de Ana Maria, Matute, esta otra escritora parece seguir el pensamiento de Duras, cuando apunta que...

15 minutos para El Salvador

15 minutos para El Salvador Siempre he tenido la idea, quizás absurda, pues no tiene un cometido práctico, es decir, en nada aliviará la pobreza de ninguna familia salvadoreña y a nadie dará un empleo permanente. Pero pese al temor de provocar ridículo, me sigue persiguiendo la idea de que un día, podamos, no sé quienes, ni cómo, organizar lo que podríamos llamar Un cuarto de hora de lectura del país. No se donde leí algo que me hace no desistir de esa idea recurrente: nada importante se ha hecho en este mundo que haya tenido una completa aprobación: siempre habrá desacuerdos hasta por la más correcta idea. Así que si para lo correcto y sensato hay desacuerdo, porqué me he de preocupar del desacuerdo que genere esta necedad. Y si del desacuerdo se pasa al ridículo, quiero recordar que ha habido ideas en mi país, por ejemplo, en la Asamblea Nacional, que han superado el ridículo, y han llegado incluso a ser un nocivo atentado de los Derechos Humanos Universales. Hacien...

La bibliotecaria de Basora

“En el Corán, la primera cosa que Dios dijo a Mahoma fue: lee”  Alia Muhammad Baker En junio de 2003, un reportaje aparecido en las páginas del New York Times, narra la iniciativa de una mujer iraquí de 50 años, que al inicio de la guerra de Iraq, se da a la tarea de rescatar  el patrimonio bibliográfico de la ciudad de Basora. “La casa de Alia Muhammad Baker está llena de libros”.  Así comienza el artículo en mención, al referirse a la gesta de la bibliotecaria de la Librería Pública de Basora, que tras apelar a las autoridades de la ciudad por el rescate de los libros de la  biblioteca, encuentra que es en ese mismo edificio, donde se ha de instalar el centro de comandos de las fuerzas iraquíes, haciéndolo blanco propicio a los aviones ingleses.  Desde antes de la guerra, Alía ha comenzado  a trasladar libros a su propia casa. El día del arribo de la fuerza aérea inglesa a Basora – 6 de abril-,  esta heroína de la cultura, ...

Cisnes de pan y turrón

Cisnes de pan y turrón. Publicado originalmente en Diario Colatino. Revista TresMil. Sobre la cuarta calle oriente, en el tramo entre el parque Bolívar y la parte trasera del almacén Simán, en San Salvador, existía una panadería. No he podido recordar ni averiguar su nombre pero era allí, donde se vendían unos exquisitos cisnes hechos de pan y turrón. El cuerpo del cisne lo formaban dos trocitos que semejaban alas,  pegados ambas partes por un delicioso turrón blanco. Era en este turrón, en el centro del cuerpecito del ave, que se incrustaba otro trozo delicado de pan, con la forma del cuello y la cabeza. Su tamaño era el justo para caber, y nadar, en la palma de la mano de un niño de cinco años. Los colocaban en unas cajitas pequeñas, donde se podían acondicionar, sin estropearse mutuamente, unos cuatro de aquellos cisnes. Su olor, era fresco, dulce, pero sin exceso, y se mezclaba en él, el azúcar, el huevo hecho miel vaporizada, la harina hecha pan oscuro y ...