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Ricardo Lindo

Ricardo Lindo.

Coyoacán la bella

Coyoacán la bella. ¿Cómo no hablar de una experiencia que te ha dejado una marca de por vida? ¿Cómo no hablar de algo que te ha tocado con tal primor las cuerdas de la emoción,  afinándolas a tal punto,  que te prepara para un  mejor placer de nuevos momentos  de arrobo, de descubrimiento, de sorpresa, de embeleso? Es que a veces  hay una complicidad deliciosa entre lo que encuentras y lo que necesitas; entre lo que buscas y lo  que te sale al paso, o entre lo que sueñas y lo que, de repente, tienes. Llegar al Jardín Centenario de Coyoacán fue para mí como beber agua fresca, después de un largo peregrinar bajo un ardiente mediodía  de días que no acaban.  Este sitio es un reposo, un descanso, un oasis; un paraje donde el tiempo corre con lenta dulzura, en apacible fluir, casi, deteniéndose, lleno de  una  límpida intemporalidad que retrata siglos. Fue tanta mi emoción, que pedí detener el paso para buscar una de su...

La casa de León Trotsky

La casa de León Trotsky Pasé de largo la casa de Diego Rivera y Frida Kahlo, con un sentimiento ambiguo  de acometer un acto iconoclasta y la  convicción de saberme disculpado. Allí estaba esa casa pintada de un vivo azul celeste, a cuya puerta  y paredes se arrimaba una larga fila de medio centenar de personas, y que parecía decirme: “Y tú pa dónde vas, no ves que estoy aquí”. Mientras yo creía responderle:”Te veo horita, voy a ver a tu antiguo huésped”… sabiendo que quizás no volvería. Caminé entonces las cinco cuadras que separan  aquella casa azul del lugar que era mi  destino, cruzando la calle Londres, luego la Berlín, para encontrarme, como un preludio inesperado,  con un sitio que también buscaba, -motivado por el titulo de una de las obras de Sergio Pitol: El mago de Viena - . Es que allí, en esa misma calle Viena a la que había llegado, allí donde ella se junta con la calle Morelos,  encontré esa otra casa de muros ya enveje...

Los dos libros de Rulfo

Los dos libros de Rulfo. Entré a la librería Gandhi que está al frente de El Palacio de Bellas Artes, sobre la concurrida avenida Juárez, de la Ciudad de México,  con la excitación y la convicción de poder descubrir  en sus estantes cualquier obra que me propusiera adquirir. No obstante, al finalizar de subir el sexto escalón que de la calle lleva a su entrada principal, supe que debía nada más, por el momento, recoger lo que me estaba esperando desde hacía décadas: las obras de Juan Rulfo. Le dije a la amable persona que me atendía que sólo deseaba los dos libros de Rulfo. Mientras luchaba por no sumergirme en ese océano de libros, y leía con fingido desinterés la contraportada de la  única traducción al español de El fin del homo sovieticus ,  de Svetlana Aleksiévich, -hecha por esa sobresaliente editorial que es  Acantilado-,  las obras de Rulfo llegaban  a mis manos. Sabiendo que volvería, pagué los seis dólares de costo de cad...

Vengo de un lugar muy transparente.

Vengo de un lugar muy transparente. Hay cosas que con los años uno ha dejado de ver. Cosas ya olvidadas para una generación - a la que pertenezco-, y para esas otras jóvenes personas que nos han sucedido en el tiempo. Hablo de una manera de vida y convivencia que la violencia, el terror y la muerte han borrado de los paisajes urbanos de una ciudad como San Salvador. Cuando uno las vuelve a vivir en otra parte, reconquista su valor, su dulzura. Se recobra el sentido de aquellas costumbres que un día formaban parte cotidiana de la vida; delineaban nuestro horario, nuestros hábitos y nuestras formas de ser y estar en ese lugar imaginario que hoy se ha disipado. Después de una larga espera de treinta y dos años vuelvo a la Ciudad de México –antiguo DF-, y caen sobre mí como gotas de lluvia mansa de sus tardes, no sólo los recuerdos de mi primer visita a este valle, siendo aún adolescente, sino, la manera simple de la vida, el encanto nuevo de la rutina, eso que Javier Marías...

Polonesa Heróica de Chopin con Martha Argerich

Ernesto Sábato: Resistir