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Carta a Monseñor Romero

Viernes 24 de marzo de 2006

Querido Monseñor,


Visité tu tumba,
estabas solo bajo el peso de la vieja iglesia.
Al entrar en tu morada, que está bajo la tierra,
sentí que el silencio se llenaba de voces,
eran miles,
millones de presencias…
Fantasmas del pasado,
almas siempre vivas de una historia que no acaba.
Murmuraban, vivían, recordaban.
Porque en derredor de tu muerte hoy solo hay vida,
la misma que quedó cuando te fuiste.

Esta no es una tumba, me dije, es un santuario.

Afuera, el bullicio de las diez de la mañana
crecía con el color matinal del aquel paisaje,
que tus ojos ya no ven con los ojos humanos:
el vendedor de lotería que se sienta en el atrio de la iglesia,
el muchacho que lleva el negocio del parqueo,
la señora de la ropa enfrente del Teatro Nacional, con su hijo prendido de su pecho;
el viejo que vende los casetes y dividis falsificados,
la muchacha que vocea las pelotas de plástico de a un dólar…

Son tu pueblo, el que siempre te recuerda, te dije…

Adentro, los mismos rostros de antaño se refugian en tu iglesia:
el que duerme en las bancas con su borrachera de la víspera,
los que antes del trabajo,
van y elevan sus plegarias para la
lucha de ese día;
los enfermos,
los pobres…
los que de patrimonio solo tienen un canasto de mangos, de pan francés o de cigarros;
los venidos de lejos, con sus cámaras curiosas,
los turistas sociales,
los asiduos de los templos…

¿Sabes que el pueblo que dejaste sigue siendo el mismo… pero ya sin esperanza?
Que aún la justicia no entra a nuestra casa,
que la represión que denunciaste,
usa traje y tiene guantes …
y está en las maquilas,
en los campos,
en las fronteras…
desde Tecum Uman a Matamoros.
Que hay más niños en la calle…
que los jóvenes han perdido sus afanes.

Pero lo más triste,
es que ya no tenemos una voz sincera que implore por nosotros…
Voces hay, que hablan desde la comodidad de sus despachos, escaños u oficinas…
con sus cuentas bancarias de nueve dígitos,
con sus títulos e insignias,
con sus rangos…
son de izquierda, de derecha, del centro: delanteros, defensas y volantes y porteros
en un juego donde ellos nunca pierden
y otros ponen a sus muertos…
pero éstos ya no van a juntarse con los dioses,
como antaño.

Si supieras,
que ya somos mercenarios de renombre,
y la mitad de nosotros ya no vive en nuestra tierra.
Que la guerra terminó,
pero los diez muertos diarios no nos faltan.

Tu pueblo, que tanto amaste,
Es sinónimo de diáspora, de duelo, de distancia.
Vivimos la ilusión de ser felices.

Al irte, se fue nuestra única esperanza, eso es lo que quiero yo decirte.
Que hoy estamos solos…
que en este valle que siempre es de lágrimas…
detrás del Metro Centro y La Gran Villa,
(como en tiempos antiguos)
hay un pueblo que construye los palacios…
pero que no los inaugura…
que los paga,
pero que no le pertenecen:
son el mármol para el paseo del descalzo.


¡Vieras que bonitas las luces que hay entre el Quezaltepeque y San Jacinto!
¡El valle ha florecido!

Pero el recibo de la luz se paga en dólares,
y equivale a una semana de trabajo,
aunque en una casa encienda sólo un foco.

Pero, para qué te cuento más,
Yo solo estoy de visita, mientras tú,
naciste, viviste y moriste por acá,
y quizás cuando regreses,
quizás con otro rostro,
porque has de regresar…
Estarás dispuesto otra vez a ser la voz,
la carne,
la sustancia
y el futuro
de éstos,
nosotros,
que siempre te esperamos.



Jorge Castellón
Houston, Texas

Publicado en:

Diario Co-latino. El Salvador
http://www.diariocolatino.com/3000/891.pdf

Revista Hontanar. Australia
http://www.cervantespublishing.com/Hontanar/2008/Hontanar_marzo_08.pdf

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