Corría el año mil novecientos ochenta y cuatro, yo tenía diecisiete de edad, y el mundo, era todo lo que estaba por conocer. Recuerdo que partimos a las cinco de la mañana del Estadio Olímpico de El Salvador, rumbo al Centro Deportivo Olímpico Mexicano, que por aquel entonces se ubicaba cerca del Hipódromo en el Distrito Federal. Íbamos llenos de la alegría infinita que un adolescente experimenta en la aventura de ir lejos, de descubrir, de descifrar distancias, de hacer amigos. Y en nuestro caso, con los sueños puestos en romper nuestras marcas, ya sea un minuto, quince centímetros, o tan sólo, dos segundos. Por aquel entonces yo era el único marchista juvenil de mi país, y con la gloria y la desgracia que eso significaba, me encaminaba a medir fuerzas, o más bien, resistencias, con los mejores del mundo en esos años. Ir a México a competir en la caminata o marcha olímpica, era como ir a competir a un torneo de ajedrez a la URSS, donde Karpov o Kasparov estuvieran entre los rivales; o...
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