Recuerdo, distancia y perspectiva: Artículos y ensayos.

Querer comunicarse, compartir e intentar re-descubrir , es el 0bjetivo de este espacio.
Compartir los sentimientos que genera el paso del tiempo, y que construye y enriquece un recuerdo que se llena de complejos sentimientos.
Compartir la distancia que media entre el pasado y el presente y nos conduce a veces a la exaltación, a veces a la apatia, o a la profunda tristeza.
Comparitr, la perspectiva que se crea desde esta distancia junto a aquel recuerdo: compleja maraña de cosas, que nos ahogan si nos quedamos en silencio, sin hablarlas; que nos arrastra si no logramos que alguien nos escuche...porque si alguien nos escucha, despertamos, no sólo a la cordura, tambien a la certidumbre que otro aún nos reconoce... por algo que con él o élla compartimos: una historia, un nacionalidad, un idioma, o lo que es más necesario aún: una utopia.


Los versos misteriosos de Rubén Darío.



Al inicio de la década del setenta, vivía yo en una inmensa casa blanca que hacia esquina en la intersección de la diecinueve avenida sur y la calle Arce de San Salvador. La casa era ocupada por clínicas privadas de renombrados médicos de esa época, de entre los que recuerdo ahora los nombres de Carranza Amaya,- que me regalaba malvaviscos llenos de su inmensa sonrisa-; Flores Hidalgo- eminente pediatra que me salvó de la muerte segura a la que me llevaba la fiebre tifoidea-, Ernesto Núñez,- quien le encargó al doctor Flores Hidalgo el cuido post-natal de mi madre biológica y me obsequió la cuna usada por sus hijos para que yo durmiera-. Al resto de médicos que tenían sus clínicas allí, no los logro recordar, quizás, porque no tuvieron un trato tan cercano como estos últimos hacia con mi familia y conmigo mismo.

Mi madre de crianza, había trabajado desde hace muchos años como hacedora de oficios domésticos en la casa del doctor Ernesto Núñez, quien rentaba esa inmensa casa donde yo nací. Mi madre fue después la encargada de la limpieza de los consultorios y de la casa en general. Esta mansión, propiamente dicha, pertenecía a la familia Meza Ayau, y había sido dada de alquiler a ese grupo de notables galenos para la ubicación de sus clínicas privadas.

Por esos días la calle Arce aún gozaba del reconocimiento de zona privilegiada, contando a lo largo de las cuadras que van desde la Basílica del Sagrado Corazón hasta el Hospital Rosales, de suntuosas mansiones pertenecientes a las familias más adineradas del país. Era en la parte trasera de esta mi primera casa, donde estaba ubicado el cine que lleva el nombre del ilustre poeta nicaragüense, cine cuyas puertas principales formaban la esquina en el cruce de la calle del mismo nombre –Rubén Darío- y la diecinueve avenida sur. Es a este lugar al que tanto debo de algunos de mis más gratos recuerdos de la infancia, pero en particular, al nacimiento, quizás, de cierta sensibilidad o gusto por el arte, que alguna vez, con el paso del tiempo, se convirtió en fuente perenne de alegría, hasta este momento de mi vida.

Ignoro quien tuvo ese nombre primero, si la calle o el cine. Y siendo un niño, escuchaba y repetía ese nombre desconocido para mí, sin saber a ciencia cierta a quién realmente pertenecía. Mi madre de crianza me cuenta que fue en las calles aledañas a este cine o teatro, que mi tío más querido inició el negocio de “cuido de carros” para los concurrentes a las funciones nocturnas. Por su ubicación, es de imaginarse, el lugar gozaba entonces de cierto prestigio como centro de cultura y entretenimiento. Por lo tanto, de alguna forma quizás, mi relación con este lugar empezó desde antes que yo naciera.

Saliendo por la puerta lateral del cine, que da a la diecinueve avenida sur, uno llegaba a la puerta principal de “mi casa”, con tan sólo unos veinte pasos. Fue en este cine entonces, donde derramé mis lágrimas de cuatro años por el triste destino de Dumbo y de su madre. Fue aquí, donde me nació, estoy seguro, ese deleite que siento por la música flamenca y el sonido alegre o melancólico de la guitarra. Y este nacimiento lo recuerdo nítidamente. Yo tendría ocho años, y en una ocasión, otro de mis tíos cercanos me llevó a un concierto donde escuché por vez primera, esa música que yo no conocía. Me absorbió ese baile lleno de pasión, ese sonido de guitarra y castañuelas, esa entrega de los cantos, esa vestimenta y quizás, ese gusto de contemplar el rostro orgulloso de una bailarina española. Me maravilló el sonido del tacón en la madera…

La casa de mi primera infancia fue vendida por sus dueños, y destruida totalmente meses después. Nos mudamos de ella, no sin un profundo dolor, y nos marchamos a vivir a un mesón enorme ubicado muy lejos de allí, en la cincuenta y cinco avenida sur y la calle Roossvelt. No obstante, siempre volví a este cine, a veces traído por mi abuela que gustaba de ver las películas de Cantinflas muy de moda en ese tiempo. Recuerdo con claridad la vez que vimos juntos El agente 007. Estábamos en la parte superior del cine, en las butacas más caras, - ya todos mis tíos trabajaban y podíamos gozar de esos recursos- y desde allí pude observar con más claridad las paredes del cine, mientras la gente entraba a la sala y las luces todavía estaban encendidas. Observé unas palabras, escritas a ambos lados de la sala, sobre aquellas paredes altas.

Cuando visitaba la sala siendo un niño de cuatro años, no reparaba en esas palabras, quizás las observé, pero no me interesaron. Luego, comencé a querer descífralas. Estaban escritas en letra de carta y me era difícil descifrar todo su sentido. Pregunté a más de un acompañante, quien talvez, me explicara lo que significaba y por qué estaban allí, pero no lo recuerdo. Lo único que recuerdo, es que hasta que no supe leerlas por mí mismo, no las comprendí, no fui conciente de qué eran, por qué estaban allí, o a quién pertenecían.

Las palabras del lado derecho de la sala decían:

“ La princesa está triste, que tendrá la princesa,
los suspiros escapan de su boca de fresa”


Las palabras del lado izquierdo decían:


“Ya viene el cortejo, ya viene el cortejo
ya se oyen los claros clarines…”


Sin lugar a dudas, fueron los primeros versos que mis ojos miraron; los primeros versos que alcancé a descifrar. Los primeros sonidos de palabras musicales que yo repetí.

Los vi frente a mí primero, sin reconocerlos, luego, los empecé a deletrear, hasta que pude leer todo su sentido. Al apagarse las luces, desaparecían a mi vista. ¿Quedarían prendidos de mi memoria o mi conciencia? ¿Quedarían como símbolos de eso, que con el tiempo, yo iba a vivir como poesía? ¿Qué producía ese efecto de la luz y la sombra sobre esos versos, en la sensibilidad de un niño?

Me alegra saber, después de treinta y tantos años, que esos versos que quedaban inconclusos, que iniciaban una melodía sin terminarla, que comenzaban un canto sin acabarlo, pero que empezaban con esa magia, con ese encanto, con ese misterio de lo que empieza a nacer pero que no está culminado, con esa fuerza musical que se atisba como las primeras luces de un amanecer, me alegra saber digo, que de alguna forma me iban a arrastrar,- como las notas de aquella guitarra en medio de la noche, y de esa voz apasionada del canto flamenco que mis oídos escucharon- hacia un destino en el que iba a quedar maravillosamente encantado con la música misma de las palabras.

El cine fue perdiendo su prestigio. Con los años, el cine Rubén Darío fue menos que una sala de cine barato, hasta llegar tan sólo, a ser un lugar conocido por la proyección de cintas pornográficas. Hoy sus puertas han cerrado. ¿Estarán todavía en sus paredes aquellos versos? No lo sé, pero para mi, ha quedado esa magia que su existencia derramó sobre la infancia de un niño pobre, que fue siempre, muy, muy afortunado.


Jorge Castellón

Houston, Texas.
Marzo de 2008




El Laberinto perdido.

Hace unos treinta años ya, en lo que recuerdo era ese parque llamado Los Planes de Renderos, existía una estructura ovalada o circular formada por arbustos de mediana estatura, que dispuestos como estaban, le daban vida a lo que conocemos legendariamente como un laberinto. Sus paredes entonces, eran de ramas y hojas profusas, tanto, que era imposible ver a través de esas paredes verdes. Sus pasadizos en espiral, eran tan intricados para un niño menor de 10 años que era yo entonces, que no pocas veces, entrando en él, sentí la verdadera angustia de estar perdido, y la impotencia de no encontrar nunca la salida. La altura de las paredes era tal, que hubiera necesitado el doble de mi estatura para poder ver del otro lado de una de éllas. Así lo recuerdo ahora: amplio, complicado, fatigoso.

Entraba corriendo con el deseo de extraviarme. Porque lo emocionante era perderse, aunque causara inquietud y a veces miedo. Era una aventura, un reto de poder encontrar la solución, la salida, dentro de esos intrincados caminos. Tal vez, en sí, no fuese tan complicado, y tras repetidas incursiones, la memoria ya me habría ayudado a una fácil escapatoria de esos círculos. Pero después de tantos años, aun sigo creyendo que cada vez que me internaba en ese laberinto, me perdía, como si fuera la primera vez, siempre. Que al pararme en su entrada, me sentía dispuesto a otra lucha, a otro juego nuevo.


Al internarme en este Dédalo, nunca se me ocurrió una estratagema que no fuera la búsqueda de correr incansable por los círculos y alcanzar una salida. Estaba descartado el intento de hacer un hueco y cortar caminos, de perpetrar alguna trampa: lo tenía que enfrentar con mi duda, mis intentos fallidos y mi frustración y nunca me gustó regresar por el camino andado. Quizás porque hace tres décadas, uno jugaba siguiendo reglas inquebrantables; o quizás, porque ese juego, ese símbolo, esa alegoría, lo que fuese- para mí sólo era lo primero y éstas son ya categorías adultas-, imponía sus secretas condiciones que aquel niño aceptaba espontánea y lúdicamente.

Ese laberinto lo olvidé. El recuerdo de toda esta experiencia se había escondido en mi memoria, hasta que por una casualidad hace algunos días, alguien se refirió al tema de un laberinto en otra parte, y yo pude evocar, en ese momento el mío, mi propio laberinto, ése dentro del cual yo había estado. Lejanísimas estaban en aquel tiempo, las cosas que yo había de escuchar o leer sobre ese juego o prueba o realidad: la literatura griega con su Icaro; los cuentos de Borges con sus sueños llenos de cosas sin fin, de escaleras que no van a ningún lado, de monstruosos laberintos formados de entradas que dan a la misma puerta; de Octavio Paz y su Laberinto de la Soledad. Lejos, del propio laberinto de mi vida, de las mismas confusiones; de las mismas decisiones inciertas, de las mismas angustias.

Lo vi desaparecer con el tiempo. Primero le vi deteriorado: cortadas las ramas, secas las raíces de sus paredes: arrancado a pedazos. Daba la idea que alguien, que lleva el nombre tiempo, lo deshacía a pausas y se complacía en dejarlo mutilado, para continuar más tarde destruyéndolo. Cuando pasaba distraído cerca de su lugar, de su espacio, lo vi perderse en el paisaje, en la memoria, en la distancia que después yo interpuse a su recuerdo… Y me interne por otros pasadizos de paredes invisibles, que abarcaban ya kilómetros; y me perdí por otros pedazos de caminos polvorientos, arenosos, fangosos o nevados. Y ya el andar ya no fue plano: la ruta a veces se quebraba: ora caí, ora subía, hasta no llegar a ningún lado, hasta abrazar quizás al mundo.

A veces, he encontrado gentes en mi camino. Me han alcanzado, los he alcanzado o los he visto pasar de regreso sollozando. Algunos, los he visto muertos a la vera del camino. Nos hemos reconocido. Llevamos la misma marca: venimos de un mismo lugar, pero no sabemos adonde vamos. Somos los encantados del laberinto de Los Planes, estamos lejos, lo sabemos y hemos perdido el laberinto, el lugar donde estuvo, el parque donde estuvo ese lugar; la ciudad donde estuvo ese parque; el país donde estuvo esa ciudad…


Jorge Castellón

Houston, Texas. Enero de 2008


Publicado en:

Diario Co-latino, El Salvador.
http://www.diariocolatino.com/es/20080216/tresmil/52232/?tpl=69





A mi hermano lejano, después del huracán que nunca fue.


Hermano, ¡qué no pasa sobre nosotros! Todas las catástrofes y desgracias, endémicas y epidémicas nos han perseguido. No se si tú lo notas, sé que sí, pero todos/as nosotros/as hemos sido educados/as para vivir en la incertidumbre, en lo que puede y no puede ser. De lo que alcanzamos a conocer de nuestro pasado, siempre somos y no somos; queremos y no podemos o podemos y no queremos. Ni mayas ni nahuas, ni en el norte ni en el sur; a la orilla de todo. Hasta sobre una falla teutónica vivimos.Estamos así en la frontera de dos continentes; lo que nos hace únicos, pero indefinidos. Éramos multiétnicos sobre un espacio de tierra tan pequeño: del Lempa al río Paz; del Lempa al Sumpul, del Lempa al Golfo; del Torola a las montañas. Una ciudad tan pequeñita como Quelepa quiso ser la más multicultural; en otras palabras, fuimos un montón de gente diferente en un trozo de tierra. Bastaba estirar el brazo para tocar al vecino: fuimos diversos sin llegar a serlo nunca; fuimos y no fuimos. Cuando quisimos ser grandes y centrales, siendo pequeños y periféricos, vino el Ilopango, y sepultó la mitad de nosotros. Chalchuapa dejó de ser lo que iba a ser, y comenzamos a emigrar…. Por un momento más fuimos nómadas; y esperamos con paciencia volver a cultivar lo que quedó. Por que eso sí tenemos, terquedad. Por que nunca llegamos adonde queremos, y estamos haciendo y deshaciendo, y por ello somos tercos, y pasamos de ser pertinaces a ser contumaces.Las milpas estaban sembradas, o listas para la cosecha, y siempre hubo un volcán que nos dejó con hambre: Chaparrastique, Quetzaltepeque, Caldera. Y nuestro valle fue fértil, a fuerza de sepultar las cosechas lo volcanes: nos nutríamos de la desgracia ancestral de nosotros mismos. Comimos de nuestras cenizas pasadas. Eso fue Zapotitán. Siempre fuimos dejando de ser. Hicimos la guerra, agotamos las fuerzas y morimos, y nunca se hizo la justicia; y dimos nuestros hijos a cambio de tierra erosionada y sin semillas. Y hoy buscamos la esperanza en el pasado, somos los únicos que no vemos la esperanza en el futuro. Y recordamos y lloramos mientras buscamos otra parte, otra tierra. Y cultivamos milpas a la orilla de los freeways; y comemos garrobo enlatado, importado a cualquier precio. Y lloramos la desgracia de dejar la desgracia que dejamos y que nunca cambiará, pero que de alguna forma queremos: nunca dejamos de ser lo que siempre fuimos queriendo ser algo distinto. Y maldecimos la palabra diabólica "revolución", y añoramos los tiempos de conciliación y el "con duarte aunque no me harte" Y compramos camisas del Ché mientras escuchamos "Las casas de cartón" -con lágrimas en los ojos-, elegiendo al nuevo presidente "otra vez". Y mientras tanto, somos lo que no quisimos ser, pero sin poder ser otra cosa.Y cantamos el himno que no es nuestro, y en un papel amarillento en medio de un libro olvidado en un estante polvoriento, "Semos malos" se destiñe en el olvido junto al "Poema de amor" del que nunca fue de la patria orgulloso. Y seguimos llamando patria a algo que no es nuestro, que se nos fue robando poco a poco hasta ya no ser nuestra. Y maldecimos el pasado y sus conceptos sin darnos cuenta de que lo único que tenemos es la prole y por lo tanto, seguimos siendo proletarios en el más antropológico y económico sentido del término.Pero hay algo que siempre es, que tiene nombre, unos cuantos hombres y mujeres que siempre son lo que han sido y que serán: los imprescindibles -a lo Bretch-, los invisibles, los increíbles. Los que nunca escuchan la mentira pues están atareados en llevar la cena, ya que no hubo almuerzo. Su patria es el canasto de tomates; la cuma vieja que corta el zacate más crecido del jardín de alguna casa. Su patria es el futuro por el que siempre lucharon; los hijos que murieron o que nunca regresaron. Su patria no es el lugar donde viven, ni esa tierra; su patria es la espera de algo que no verán, y por ello… ellos y ellas son lo que siempre han sido: son un puñito de gente cuya patria es la esperanza. Por su sangre corre un canto, un deseo feroz, un mito. Porque el mito también es nuestra patria.
Cuando ellos o ellas mueran, que ocurrirá pronto, y como no hay descendencia ni herencia, sí estaremos solos. A menos que, a menos que... -el "quizás" y el "al menos" son palabras que también nos gustan- yo esté equivocado y ojalá -también el "ojalá" nos gusta- todo esto haya sido mentira y yo, tan sólo sea un individuo inconforme con su tiempo, sin partido, desagradecido e irrespetuoso, un paria. Alguien que no quiera reconocer que esa estatua y aquel monumento es para mí, el día que regrese. Que lo que añoro, no sea lo que es, si no, lo que me imagino.Bueno, el huracán se fue, -la única palabra maya que conoce el mundo- y eso me hace decir que sólo parte de lo que fuimos sabe reconocer los peligros y los nombra,... Pero en lo que estaba , sí, el huracán se fue, ya nos acostumbraremos, que más da, después de Pedro de Alvarado y todos sus secuaces en el tiempo, que fueron aprendieron bien sus mañas; después de la leyenda asesinada de Aquino, de los muertos sin número del año treinta y dos: el recuerdo del general Martínez. Después de la amnistía general pese al Sumpul y al Mozote. Después de los mil quinientos temblores en quince días, despidiendo un terremoto; de los cien mil muertos en una década; del cólera, y las tres elecciones; de los nuevos líderes que nunca pasan ni envejecen; de la selecta que nunca gana pero casi... pero quizás… un día, sí podemos -si nos dejan-, puede que... por fin, seamos lo que nunca fuimos.Con cariño, tu hermano -de eso estoy seguro- aunque seamos de diferente tata.

Houston, Texas

Junio del 2005. ( Revisado febrero del 2008)

Publicado en:

Diario Co-latino. El Salvador

http://www.diariocolatino.com/es/20050611/trazocultural/trazocultural_20050611_58/?tpl=69

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