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Mostrando entradas de junio, 2008

El Parque Cuzcatlán.

Los que hemos vivido desde niños en ese pequeño y apretujado lugar llamado San Salvador, capital de otro no menos pequeño y pobladísimo país llamado El Salvador, hemos de recordar por múltiples razones,- como referencia para alguna dirección, como punto para abordar un autobús, como lugar de encuentro para ir a otro rumbo, o como lugar de reunión, de juego, de alegría, o de romance- ese lugar inevitable, que es El Parque Cuzcatlán.

El parque adquiere su nombre, de esa remota ciudad nahua –pipil que un día fue San Salvador y cuyo significado se traduce del nahuatl, como Tierra de tesoros. Hermoso nombre para un lugar. Nos remite a un sitio donde pudieran existir cosas de un valor ajeno a lo común, donde hay objetos o seres apreciables, donde se guardan cosas que cuidar, que resguardar, o donde existe un patrimonio, natural, social o cultural, de gran valía. El parque se ubica en el centro mismo de la capital, en un lugar que parece haber sido prolifero en árboles hermosos. De los que ah…

El Mercado Central

La otra casa de mis días de infancia, a parte de esa gran casona ya desaparecida de la calle Arce, era la casa de mi verdadera abuela materna, ubicada en lo que aún hoy es la Colonia Ferrocarril, a un costado del Cementerio Nacional, y a un par de cuadras del Mercado Central de San Salvador. Allí pasaba -ya empezando la primaria-, al menos dos fines de semana al mes. Y esa estadía resultaba más que interesante por dos razones, primero, porque en ella vivían dos tíos, adultos ambos, que me hacían participar de sus para mi novedosos intereses, y que con el correr del tiempo, veo cuanto hubieron de influir en mi formación personal y mi visión de la vida, de esa vida que comenzaba a desarrollarse ante mis ojos, a mitad de la década de los años setenta.

Recuerdo haber escuchado en esa casa, por primera vez, la palabra Mozart, al tiempo que evoco frente a mí a uno de mis tíos con un disco grande en la mano -un LP como se le llamaba entonces-, en cuya carátula, una mujer estaba sentada frente…

Carta a Salarrué

Desde el corazón, sin fecha


Señor Salarrué,


Le escribo esta carta porque hay cosas que deben quedar claras. Le escribo, por que hay cosas que tengo que decirle diunaves. Es que precisamente es ésa la causa de esta carta, hablarte – no se molesta si le hablo de vos, es que no puedo de otra forma- , decía, hablarte de lo que nos dejaste, lo que te faltó por dejarnos, lo que te debemos.

Quiero decirte, auque ya Roque Dalton y Ricardo Lindo te lo han dicho mejor, que nos legaste un tesoro que no tiene ya precio en estos tiempos, y que es- como todo lo que es bueno- cada vez más valioso con el correr del tiempo: tus cuentos, tu obra toda, ahí donde logramos encontrar eso que fue lo que nosotros fuimos; que nos puede definir en lo que somos, y lo único que nos puede ayudar a encontrar lo que perdimos. Precisamente hoy, que no sabemos lo que somos. Primero, porque acordarnos nos da tristeza, siempre lo verdadero nos lo asesinaron; segundo, porque no lo conocemos, ya cuando venimos, o regresamos…

Carta a un amigo lejano, que aveces, está triste.

Hermano,

yo te entiendo,
pues para nosotros que estábamos ya aquí
cuando llegó el 68,
supimos luego que allí,
el siglo se partió en dos mitades;

para nosotros que estábamos ya por estos lados,
cuando con mentiras nos dijeron
que la luna ya era nuestra…

para los que,
dicho de otra forma pues,
estamos cerca ya de completar
los cuarenta años,

mucho ha pasado ya por nuestros días:

Nos despedimos del siglo veinte
ya llenos de nostalgia…añoramos cosas
que hoy, sólo nosotros recordamos.

Nosotros,
los de entonces,
aprendimos de Serrat que si bien no
nacimos en el Mediterraneo,
si nacimos Para la Libertad,
para La fiesta,
y que De vez en cuando la vida,
debe tomar con nosotros café.

Y fuimos a sembrar nuestro árbol
con Alberto Cortez;
y hoy ni las raíces han quedado.

Luego Silvio y Pablo nos dijeron
que el sueño y el amor era posible;
y Sabina nos hizo iconoclastas.

¿Cómo no voy a entenderte?

Si juntos tarareamos en inglés
a Carol King
y a John Denver,
y aún recordamos a John Lennon
caminando de la mano de Yoko,
en Central Park,
c…

La Casona

La Casona.


El recuerdo de aquella casa donde viví mis primeros cinco años, es una fuente de memorias que siempre me serán agradables, porque ese recuerdo trae consigo no sólo personas e imágenes, sino también, me devuelve a aquellas vivencias que son tan significativas para todo niño, pues son las que al final construirán en mucho, los sentimientos de ese adulto en el que ese niño se convierte al final. Para mí, el recuerdo de ese lugar es un retorno dulce a todo aquello que de forma invisible construyó un mundo interior, que aun me dura, y que seguirá en mí hasta la muerte, con sus misterios, con sus preguntas, con su luz sobre lo que a veces se torna oscuro en el camino de la vida, pero sobre todo, por la felicidad que me regresa.

Por su inmenso tamaño, este lugar fue siendo bautizado por mi familia como La casona, y con ese nombre que le dimos me referiré a ella en adelante. No puedo darle otro nombre, ése es precisamente el nombre que nos liga a ella en el recuerdo, en el sentimie…