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La Casona

La Casona.


El recuerdo de aquella casa donde viví mis primeros cinco años, es una fuente de memorias que siempre me serán agradables, porque ese recuerdo trae consigo no sólo personas e imágenes, sino también, me devuelve a aquellas vivencias que son tan significativas para todo niño, pues son las que al final construirán en mucho, los sentimientos de ese adulto en el que ese niño se convierte al final. Para mí, el recuerdo de ese lugar es un retorno dulce a todo aquello que de forma invisible construyó un mundo interior, que aun me dura, y que seguirá en mí hasta la muerte, con sus misterios, con sus preguntas, con su luz sobre lo que a veces se torna oscuro en el camino de la vida, pero sobre todo, por la felicidad que me regresa.

Por su inmenso tamaño, este lugar fue siendo bautizado por mi familia como La casona, y con ese nombre que le dimos me referiré a ella en adelante. No puedo darle otro nombre, ése es precisamente el nombre que nos liga a ella en el recuerdo, en el sentimiento, en la historia de toda una familia, de varias familias y en la historia de lo que yo fui conociendo desde niño como eso que llaman mundo, es decir, personas, es decir, atardeceres, es decir cielos, árboles, amigos, es decir, juegos, y sobre todo, amor.

La casona, estaba ubicada en la esquina que forma la diecinueve avenida sur y esa otra calle, -otrora muy hermosa, sembrada de almendros en su centro-, que aun ahora, totalmente afeada con los años, lleva el mismo nombre de Calle Arce, en honor a un líder independentista salvadoreño. Durante las décadas del sesenta y setenta, residían en esa ancha calle, familias adineradas que con sus suntuosas mansiones hacían de esa zona de seis cuadras, uno de los lugares más exclusivos del viejo San Salvador. Esas cuadras iban desde donde se ubica la segunda catedral metropolitana, la Iglesia del Sagrado Corazón, y llegaban hasta lo que aún ahora es el principal hospital público de la capital, El Hospital Rosales, donde la calle Arce muere.

La Casona, era una mansión, propiamente dicha, con su enorme portón frontal, anchísimo, con escalinatas blancas de mármol que arribaban a la puerta principal, cuyo color no recuerdo, ¡pero cómo he de olvidar que toda esa casa fue un día una construcción totalmente blanca!, blanca y alta, con un jardín de ladrillos blancos y negros, como un tablero de ajedrez, con pinos a un lado, altos como el cielo mismo, que yo gozaba verlos mecerse con el viento en el fondo celestísimo de ese cielo, de un cielo amarrado a la silueta eterna oscura- verdosa, de aquel volcán que desde ese jardín, se erguía en el norponiente, y que aún ahora, después de treinta y seis años, en cualquier lugar del mundo en que me encuentre, lo busco, o creo verlo, en su hermoso silencio planetario, vegetal, ígneo, y pétreo. Quizá, porque donde yo nací, una vez sólo hubo mar, y de pronto, surgieron de ese mar los volcanes que formaron Centroamérica, y por eso, un volcán para nosotros, es como un ombligo que nos ata a la tierra misteriosamente, quizá…

Ahora que trato de buscar entre mis recuerdos, para encontrar cuál es el lugar que me pertenece, cuál es el lugar imaginario ya, donde el mundo me maravilló por vez primera, donde deseaba estar solo para al mismo tiempo estar con todo, descubro que era ese jardín, esa grada a la entrada del jardín, donde un día, descubrí el color del cielo, las manos suaves de los vientos meciendo aquellos pinos, y la música eterna de las nubes al pasar. Y esa alegría, ese jolgorio, esa algarabiílla de las cinco de la tarde cuando, de repente, a través de ese cielo que era el mió, las bandadas de pericos cruzaban del oriente al occidente en busca de sus nidos más allá del horizonte, lugar de residencia que siempre, siempre, quise conocer.

Pero vuelvo a mi Casona, con sus rejas negras, que doblaban la esquina, con su atalaya, desde donde yo vigilaba el regreso de mi madre de crianza al venir del mercado, en una espera interminable donde me anegaba la soledad de su tardanza. El inmenso patio interior, donde metidos en cajas de cartón, jugábamos a los espantos en la noche. El larguísimo lavadero donde me bañaba desnudo, el gallinero aledaño a nuestro dormitorio, al final de la casa…Porque he de aclarar que la casa no era nuestra. Yo era el hijo de crianza de la persona encargada de limpiar la enorme casa; casa que abandonada por sus dueños originales, -cuyo capital sostiene ya por cien años el monopolio de la cerveza en El Salvador- fue dada en alquiler a un grupo de eminentes médicos para hacer de ella un prestigioso consultorio en cuyo último cuarto del patio trasero, vivíamos nosotros. Esa era la Casona que yo conocí, un consultorio privado. Y yo seguía a la que ahora llamo mi madre, por las interminables escaleras, por los largos pasillos y adentro de las enormes clínicas donde estatuillas de Beethoven se mezclaban con réplicas de esqueletos y diplomas. Me dormía sobre los pisos que el trapeador, movido por aquellos brazos que amo, iban dejando lustrosos y fragantes a limón.

Pero la Casona, no sólo era para nosotros, era también para albergar a los de afuera, a todos los que se acercaban a sus rejas en su lucha por ganarse la vida. La Casona era de la niña Hortensia -a la que yo llamaba Tencha-, una persona que junto con su hija un poco mayor que yo, Margarita, vendía mangos verdes en su canasto junto a la reja de la casa, en la banqueta de la calle. Con los años pasaron a formar parte de nuestra familia. En la Casona dejaban el banco y el canasto, su patrimonio, para seguir su trabajo al siguiente día. Margarita, fue compañera de mis juegos, me cuidaba, y la mujer, su madre, fue fiel amiga de nosotros por toda su vida.

Del otro lado de la calle, un viejo carretón en la esquina nos invitaba a devorar con deleite una “minuta”, un raspado de fresa o de tamarindo. Era el pequeño negocio de Tío Pancho, nombrado así por cariño. La Casona también era de él. Por la tarde, de igual forma que el canasto de la niña Tencha, el carretón de Tío Pancho, pernoctaba adentro del enrejado de la Casona, como un refugio del trabajo de los que laboraban a su sombra. La amistad de Tío Pancho también nos acompañó toda la vida, hasta aun después que tuvimos un día que abandonar la Casona, tristes, e irnos lejos.

Por las tardes también, mi madre invitaba a la mesa a dos muchachas. Las recuerdo bebiendo el café hasta que ya era oscuro, y salían. Ya entrada la noche, en algunas veces que íbamos a caminar con mi madre alrededor de la cuadra, las encontrábamos paradas en la misma esquina, en la misma esquina. No entendí entonces a qué se dedicaban. Sólo recuerdo su visita, su agradable compañía y sus figuras en la noche. Una de ellas se llamaba Esperanza, pero no pudiendo aun pronunciar bien su nombre, yo le decía Pelancha. Hoy, sí entiendo por qué algunas veces, esas muchachas tocaban el timbre de la Casona con desesperación y corrían hacia adentro hablando de la policía, buscando un escondite. Una noche, ya de madrugada, sonó el timbre con ímpetu, nos despertamos, y la luz roja del fuego nos hizo correr y escapar de la muerte. La Pelancha y su amiga nos habían salvado de morir carbonizados. Desde su esquina, vieron las llamas que se acercaban hacia donde nosotros dormíamos y corrieron a prenderse del timbre para que nos despertáramos. Así de simple era la vida, favor por favor, cariño por cariño, amor por amor.

A veces, sentada en la entrada de la casa, descansaba una señora, ajena al mundo. Quizás la bondad que emanaba de adentro la atraía. Era conocida como La Loca Amparo, deambulaba por San Salvador perdido el rumbo, y dicen que también la razón. Allí, reposaba a la sombra de aquellos almendros que entraban a la Casona. ¿Cuál habrá sido su historia? Nunca lo sabré, pero… ¿Será que la gente buena, los locos y los niños, se parecen? ¿Perciben acaso el canto de lo bondadoso que otros jamás escucharán? …


Aunque la Casona ya no existe, hablar de ella es hablar de la vida, de la fraternidad, de la amistad, de amor humano, de esfuerzos cotidianos, del tiempo. De cómo con los años se puede forjar, sí, una amistad indestructible con la gente. Que la bondad existe, que el pueblo tiene nombre, que donde quiera que uno esté, puede prodigar cariño aún en la pobreza, y que ese árbol del cariño, como el árbol de la vida, tiene largas y frondosas ramas, bajo cuya sombra cabe el mundo, y de cuyos frutos, podemos comer todos.



Jorge Castellón


Derechos Reservados. 27 de Mayo de 2008

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