domingo, 19 de octubre de 2008

El terremoto del diez de octubre


Hoy he evocado la imagen espantosa de una calamidad, de una catástrofe. Viene del pasado. Había estado siempre ahí, como una visión triste, como una fotografía de un momento de desgracia, pero ahora, con el correr del tiempo, se ha hecho de alguna forma, más profunda, más llena de significados, de sentidos: se ha convertido en un símbolo. Estaba como lo que era: una imagen dormida, una imagen triste, que esperaba su turno de emerger en la memoria caprichosa que se forma con la vida, pero sobre todo, esperando adquirir una nueva calidad, hasta llegar a ser una alegoría..

Sucedió hace mas de veinte años, en ese día que se ha repetido tanto en nuestra historia. La tierra estremeció sus profundidades, para sacudir lo que sobre ella misma estuviese plantado. Cayeron las casas, las paredes, los postes, los árboles, los edificios, como antaño, han caído los templos, las estelas, los muros. Recuerdo que fue al mediodía, que la tierra se movió como se mueve el mar: sentimos las ondulaciones de las piedras, el correr de la tierra como formando olas. Fue breve. Pero a su brevedad la acompañó su violencia, ese estertor que nada puede detener ni sosegar, la fuerza ciega de la naturaleza. Es curioso, en ese momento uno entiende ese miedo milenario del ser humano frente a los elementos. Ese miedo que nos ha hecho pintar, cantar, orar, adorar. Es un miedo ante algo imposible de vencer. Es un miedo ante la muerte misma. De repente nos devela nuestro tamaño, nuestra mortalidad, nuestro lugar en el universo como seres de la tierra.


Tres o cuatro horas más tarde del terremoto de ese diez de octubre, tuve que atravesar caminando el centro de San Salvador para saber de mi familia. Aún la gente corría confusa, a la espera de noticias de seres queridos: de hijos o hijas en las escuelas, de esposos o esposas en sus trabajos; de madres, de abuelas solas. Bajé por la Calle Arce y de pronto llegué cerca de la esquina que esta calle hace con el parque Hula Hula, al voltear a la derecha, quedé de súbito aterrado con lo que estaba frente a mí:. Una pirámide de escombros, de pedazos de algo que antes estuvo allí. Lo que fue el edificio Rubén Darío. Creo haber visto un cúmulo de unos 30 metros de alto, tendido sobre la calle, formado de ladrillos, columnas rotas, trozos de cemento, vidrios triturados. Todo lo que puede formar los escombros de lo que era un edificio. Pero eso no era todo. Incontables gentes se habían trepado sobre el lomo de aquella estructura demolida. Por todos lados la invadían, la rodeaban. Los gritos se enredaban, la confusión era evidente, la urgencia era primaria. Por tonto que parezca, la impresión fue tal, que me costó entender lo que buscaban: algún sobreviviente debajo de los escombros. Algo vivo debajo de ese derrumbe de cosas. Esta era la imagen de una pirámide de la muerte, a la que se le quería arrancar la vida que se tragaba.

Decenas de personas, gentes que pasaban, se incorporaban a esa anónima brigada- espontánea -de rescate. Con sus torsos desnudos y en filas ordenadas, sacaban escombros de encima de algún indicio de presencia humana (un grito, un gemido, un pujido) buscando vida. El esfuerzo era sorprendente. Estas personas estaban enérgicamente concentradas en su meta, fijamente dedicadas a lo más importante de esos segundos: hacer de la posibilidad un milagro. Alrededor, otros observábamos sintiéndonos inútiles, innecesarios en esa escena de absoluta solidaridad humana. No importaba quien era el que yacía sepultado; no importaba quien gemía, si era conocido o desconocido, vecino o extraño, hombre o mujer, de derecha o de izquierda, religioso o ateo, bueno o malo, no importaba. Tan solo importaba el hecho de salvarlo. Tampoco importaba quien era miembro de ese grupo que ayudaba: la membresía era el deseo de rescatar una vida y la cuota de esfuerzo ilimitado para levantar columnas de concreto; para sumergirse en los recovecos en medio de los escombros y alcanzar un brazo, una pierna, lo que fuera.

Ha sido ésta la escena humana, colectiva, que más me ha impresionado. Cualquier salvadoreño o salvadoreña puede contar un hecho heroico que ha presenciado, eso no nos falta. Así como podemos referir cada uno, o cada una, un hecho cruel, injusto o inhumano del que hemos sufrido. Yo refiero esta escena como esa donde pude observar, parte de lo mejor que tenemos. En cada tragedia nuestra ha habido heroísmo. Lo hubo en cada terremoto. Lo hubo en cada epidemia. Lo hubo en nuestra guerra civil. Y la seguiremos viendo, por fortuna, pese a la malignidad cotidiana que la esconde. Pese a lo superfluo de nuestro paisaje urbano. Pese al falso humanismo, a la retórica; pese al olvido de esa misma capacidad de la que estamos hechos.

No me importa parecer ingenuo o ridículo al decir lo que digo. Más ingenuo o más ridículo es ignorar aquello que hemos construido a fuerza de calamidades desde el inicio de nuestras leyendas mismas, eso que no se modifica con el tiempo: el histórico carácter de un pueblo. La mitad del territorio la sepultó el Ilopango, pero la embellecimos en doscientos años: aprovechamos las cenizas para cosechar pueblos nuevos. La injusticia, la pobreza y la deshumanización nos han destruido. Sé, que nos reconstruiremos con el tiempo. Sé que un día, no existirá más la maligna fuerza que nos lanza pueblo contra pueblo y nos hace poner los muertos. Que seremos pueblo con pueblo, como cuando no importa quienes somos, cuando lo que importa, es darnos vida y rescatarnos.


Jorge Castellón

Octubre de 2008
Houston, Tejas.


Publicado en Revista Contrapunto, El Salvador


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