lunes, 28 de septiembre de 2009

El monumento al Divino Salvador del Mundo


El Monumento al Divino Salvador del Mundo.

A partir del año 72, que pasamos a vivir con mi familia en las cercanías del estadio Flor Blanca, no teníamos otro parque más cercano para jugar, que aquel conocido como el parque de El Salvador del Mundo. Allá íbamos muchas tardes de domingo a saltar y correr en sus -para nosotros- inmensos espacios, y regresar, ya cansados, con la caída del sol, caminando despacio de regreso a casa, es decir a uno de los cuartos de ese enorme mesón que se encontraba en el lugar que ahora ocupa el edificio Seiko, sobre la 55 avenida sur. No quedan vestigios de nuestra antigua vivienda, sólo esa calle en la que solíamos jugar de noche, los niños de ese pueblito escondido que era el mesón Viana, si la suerte nos prestaba una pelota.

Cuando hoy visito ese parque del Monumento, y sentado a su sombra veo esa calle que se pierde allá enfrente -afeada por abigarrados carteles de publicidad,- en su rumbo al centro de la capital, me convenzo, de que un monumento o una estatua, es decir, un símbolo, es una creencia acordada, un significado sobre el que un grupo social se ha puesto de acuerdo para compartirlo. También, y esta idea me inquieta, un símbolo es una imagen que se ofrece como representando una idea, un poder, una convicción, una ideología si se quiere, pero en este caso, es casi una imposición, no un acuerdo espontáneo surgido al seno de un pueblo con el correr de su historia. Así, entre voluntaria concesión e impuesta reverencia, los pueblos crean y recrean su cultura, es decir, todo lo que está después de la existencia humana, en oposición a la naturaleza, que está antes.


Este Monumento al Divino Salvador del Mundo sigue esa lógica. Es un símbolo, sí, y nace de una circunstancia de encuentro entre los poderes de una ciudad: San Salvador, en un momento de su historia. El Monumento, llamémosles así de acá en adelante, es considerado por la opinión oficial y por los medios publicitarios, un símbolo indiscutible de la fe católica del capitalino, la imagen del patrono de su ciudad, habiendo sido a lo largo del tiempo, objeto de aprecio, y en ocasiones- las más tristes de San Salvador- se ha querido verle incluso como oráculo para nuestro sísmico destino. Pero el Monumento, no sólo es un símbolo religioso, también, es un símbolo de la historia social y política salvadoreña, y un ícono de la memoria oficial de la capital de El Salvador.

Al escribir esto, confirmo que toda memoria personal es definitivamente, política, pues toda política es simplemente la vida de los que habitan una ciudad, una polis: sus relaciones, sus acuerdos, los usos y abusos del poder de eso ciudadanos. Quien escribe una memoria lo hace, inevitablemente, desde un lugar social y por más personalísima que esta memoria sea, es la más social de las memorias.

Ahora que evoco esos años cuando yo, siendo un niño, solía correr alrededor de este monumento, sobre esos ladrillos de mármol blanco de su plataforma, que a la luz del sol intensifican todavía su blancura en medio de aquel pasto verde de sus jardines laterales, antaño siempre tan profusos, donde mis pies parecían posarse sobre algodones verdes. Ahora que evoco esos árboles pequeños de cipreses, podados, recuerdo, en forma de elefante, de jirafa, de ave, posados alrededor de la base del Monumento, y arrimados a una línea de arbustos semejante a un muro vegetal de hojas y raíces muy simétricas que bordeaba aquella plataforma de ladrillos color marfil; ahora, que evoco esa sensación extraña que no alcanzaba a comprender entonces, y que hacía de este parque algo distinto, digamos al Parque Cuzcatlán o al Parque Bolívar, comprendo, que lo que lo distinguía de éstos, era que el parque del Monumento lucía más limpio, más cuidado… y menos concurrido: pertenecía a otro lugar de la ciudad, y era, como hoy, una antesala a un paisaje social distinto al que nosotros, mi familia, pertenecíamos.

Los domingos, se solían ver aislados grupos de niños retozando en los espacios verdes que cubren la extensión del parque, se encontraba uno con algún vendedor de paletas y se observaban unas cuantas parejas sentadas en las anchas bancas. En medio de todo, se elevaba sobre su base, a unos quince metros sobre el nivel del suelo, esa columna también blanca que sostiene un globo terráqueo y sobre éste, la figura de un Jesús, con su mano derecha alzada señalando al cielo. Al mirarla, de niño, veía esa figura humana elevarse hasta las nubes que pasaban silenciosas a la mitad de la tarde, y confundirse con los colores de aquel cielo, es decir, trasfigurarse en algo distinto a lo que era.

La estructura -columna y escultura-, están, como siempre, viendo hacia el oriente, hacia lo que un día fue la incipiente capital de San Salvador al inicio de los años cuarenta, período en el que fue inaugurado el Monumento. Cuentan que hasta allí, hasta la actual ubicación de este parque, llegaban los límites de la antigua ciudad, luego proseguía esa carretera, entonces en construcción, que atravesando fincas de café conducía a Santa Tecla y luego al occidente del país. Este punto de la capital donde este Monumento fue colocado, era popularmente conocido como La cruzadilla, creo que por los cruces de caminos que allí convergían. Otras personas conocen esta ubicación como La campana, porque cerca de lo que ahora es el parque, se encontraba aún a principios de los años 70 –lo recuerdo difusamente,- un arco y una campana. Al parecer, décadas atrás, eran parte de eso que vendría a ser tal vez, una estación o punto de abordaje, hacia dentro y fuera de la ciudad.

Personas octogenarias que recuerdan haber ido a la Cruzadilla, los días domingos, durante esas décadas de los años cuarentas y cincuentas del siglo pasado, rememoran el lugar como una amplia zona verde, donde familias se sentaban sobre el césped a descansar y pasar la tarde. En esos mismos años, y durante la cosecha del café, -entre los meses de noviembre y diciembre-, otras familias menos afortunadas, incluidas mi abuela y sus hijos, arribaban los días lunes a ese lugar durante la fría madrugada, para dirigirse luego, caminando, envueltos en sus improvisados abrigos, a las diferentes fincas de café ubicadas en las faldas del volcán de San Salvador – o Quezaltepeque-, es decir, en las tierras que ahora ocupan la extendidas colonias Escalón, La Mascota, Campestre, Maquilishuat, San Benito, Miramonte, etc.

Diciendo esto, recuerdo las palabras del autor de En busca del tiempo perdido, cuando dice que no es el lugar, sino lo que nos acontece en ese lugar, lo que hace que le recordemos con un determinado significado en el ayer de nuestras vidas.

Pero volviendo al Monumento, pocas personas conocen el extraño origen de dicha estructura, el globo terráqueo y la figura del Jesús con su mano derecha señalando al firmamento, ambas, en sus colores blanco y celeste, que representa al mundo, al mundo bajo los pies de Jesucristo. Pues bien, esta imagen y el globo terráqueo proceden del mausoleo del que un día fuese presidente de El Salvador entre 1911 y 1913, y único presidente muerto- asesinado en este caso- en sus funciones, nos referimos al doctor Manuel Enrique Araujo. El Monumento al Salvador del Mundo formó parte de la tumba del único presidente salvadoreño asesinado mientras ejercía su cargo. El autor Alastair White en su famoso libro, El Salvador, escribe que se supone que el hombre detrás del asesinato fue Prudencio Alfaro, un líder de los llamados idealistas liberales de esa época, en pugna contra los pragmatistas gubernamentales a los que Araujo pertenecía.

Años más tarde, la familia de este ex-presidente –extensa por cierto- donó la escultura a la Arquidiócesis de San Salvador, precedida en ese entonces por Monseñor Luis Chávez y González.

El Monumento fue inaugurado por el mismo Monseñor Chávez y González en el mes de mayo de 1942, a raíz del encuentro eucarístico nacional que conmemoraba el centenario de la Arquidiócesis de San Salvador. Esta fecha se ubica durante el periodo conocido como el Martinato: es decir, durante la dictadura de Maximiliano Hernández Martínez, quien, como es sabido no era un creyente católico propiamente dicho (Martínez era más bien un afamado aficionado al esoterismo, un teósofo, que incluso, cuentan, tenia el sobre nombre de El Maestro, entre ciertos sectores de la comunidad intelectual. ¡Singular sobrenombre para quien fuera el protagonista de uno de los episodios más sangrientos de la historia nacional!).

Indiscutiblemente pues, debió haberse producido, en un momento de la historia de El Salvador, una conversación cordial que produjera un acuerdo entre el líder de la iglesia católica y el líder del gobierno en turno, para la construcción del Monumento, por un lado, y para la definición de su lugar de ubicación en ese lugar de la capital, por otro.

Dicho sea, no de paso, que un mes antes de aquella inauguración, en un día de primavera, un sábado 4 de abril de ese año de 1942 -en medio del panorama desesperanzador de la Segunda Guerra Mundial-, se ordenó como sacerdote, tras completar sus estudios teológicos en la ciudad de Roma, el que iba a ser el sucesor de Monseñor Chávez y González, nos referimos a Monseñor Oscar Arnulfo Romero. ¡Y quién iba en ese entonces a vaticinar su trayectoria! Esa trayectoria que iba a propiciar -fuera de su propuesta de canonización y su legado humanista-, la edificación de su propio monumento, a cien metros tan sólo por delante del Monumento que ahora se comenta, del Salvador del Mundo.

Y ese mismo año a finales de mayo, en Madrid, ya se encontraba lista para su impresión y publicación en el cercano otoño, esa fundamental obra de estudio de la historia salvadoreña, La población de El Salvador, de Rodolfo Barón Castro, en la que se lee que para ese año 42, la capital salvadoreña contaba con un poco más de ciento cinco mil habitantes y el país, apenas rebasaba el millón setecientos mil habitantes.

Ahora bien, dos pequeñas placas metálicas colocadas en la parte este o frontal del Monumento -al pie de su base- atribuyen el proyecto y la dirección técnica (copio literalmente) a C. Varaona Villaseñor (ingeniero y arquitecto) y como maestro de obra, al constructor José Esteban Avelar Aquino y están fechadas en 1943. Adicionalmente, en una tercera placa, se señala que la administración general del proyecto estaba a cargo del gobierno de Castaneda Castro (1945-1949). De ello se desprende que el Monumento fue reconocido oficialmente hasta 1943 y que es probablemente ampliado y conservado con un anuncio oficial, por el gobierno posterior a Hernández Martínez

Una somera aproximación a la historia del Monumento tendría que terminar en este punto: la Imagen del Salvador del Mundo fue una vez un mausoleo de un antiguo presidente del país que gobernó a principios del siglo XX y fue inaugurada por autoridades católicas, cuando Martínez.

Pero… ¿quién fue Manuel Enrique Araujo? ¿Por qué otra causa podría a esta altura de nuestra historia ser traído del pasado y ser recordado, que no sea a razón de su desconocido mausoleo?

El doctor Manuel Enrique Araujo, cirujano de profesión, fue el fundador del Estado Mayor de la Fuerza Armada, de la Guardia Nacional y de la Policía de Hacienda. Con él, se produjo la conformación definitiva del Ejercito Salvadoreño y de las instancias policiales que han dejado una nefasta huella -de sobra conocida- sobre la historia de la sociedad civil salvadoreña.

Como se lee en ese interesantísimo articulo de El Diario de Hoy, escrito por el señor Enrique Kury Mena en mayo de 2003, el doctor Manuel Enrique Araujo a la vez amplió la red ferroviaria, fundó el Zoológico Nacional y en 1911, era el productor individual de café más importante, con más de 10,000 quintales producidos para ese año. Es importante también destacar, según se lee en ese artículo, que Araujo no veía con mucha simpatía una relación estrecha en las relaciones diplomáticas, comerciales y políticas con los Estados Unidos en ese momento de nuestra historia, de hecho, las principales exportaciones de café para 1910 se hacían hacia Alemania e Inglaterra.

La imagen del Salvador del Mundo, nos recuerda en silencio, con su sombra, que la tumba de la cual procede, pertenece a un personaje de la sociedad civil y profesional, que tuvo un particular interés como cafetalero, de contribuir a definir el Estado militarista que durante todo el siglo XX, caracteriza al país salvadoreño.

De niño me extrañaba ver que ninguna de mis abuelas se persignaba frente a la imagen del Monumento, y que nadie se detenía a realizar una ofrenda o una petición religiosa, y que nunca observé una reunión católica en ese lugar. Al parecer la imagen no pasaba de ser desde sus inicios, una respetada decoración de esa parte de la capital. Así, el Monumento, turística y oficialmente más divulgado del país, guarda en su seno una paradoja, es una imagen de suyo contradictoria, como contradictoria nuestra historia: representa un pasado y un presente que silenciosamente reposan con su peso de mármol; es a la vez símbolo de callado respeto de un pueblo cristiano ya muy maduro en sus cuestiones fe, y al mismo tiempo, una imagen saturada de divulgación publicitaria de algo que de alguna manera, no nos pertenece… como pueblo.

Nada de lo dicho tiene que ver con las respetables creencias religiosas de un heroico pueblo, “con su fe veterana,” ni con las personas mismas que miran la imagen con respeto. Tiene más bien que ver con la irónica complejidad de lo que es un símbolo en una sociedad históricamente dividida; con el juego del poder al seno de esa sociedad, y fundamentalmente, con la historia misma que cada sector vio representada en esa imagen al momento de ser instituida, a saber: una tradición cristiana, por un lado, y una historia de acendrado militarismo, por otro, que convergían en ese momento en una preferencia social.

A mediados de los años cincuenta, el insigne poeta Oswaldo Escobar Velado dejaba entrever en su poema, como ese Monumento marcaba una frontera física entre los ricos y los pobres de aquel San Salvador. Como la ciudad hacia ya clara su distribución en dos mitades: del Monumento hacia el oriente, yendo al centro de la capital, donde vivían los pobres, y del Monumento hacia el occidente, subiendo hacia las faldas del volcán, donde residían los ricos.

Y a esto amigo se le llama Patria
Y se le canta un himno
Y hablamos de ella como cosa suave, como dulce tierra
A la que hay que entregar el corazón hasta la muerte.
Mientras tanto al occidente de la casa que ocupo
Hay una imagen encaramada en el mundo
(¡Mayor razón para que viera claro!)
Y allí junto a sus pies de frío mármol
Una colonia alegre
Se va en las tarde
Cantando a los cinemas.

El San Salvador de hoy, parece no haberse alejado de lo que dijo el poeta hace cerca de 50 años. Ascender por el Monumento hacia el occidente sigue siendo un espejismo: a nuestras espaldas va quedando lo que es la realidad de la capital salvadoreña… Quizás por eso, una pequeña figura color de bronce se observa que baja cansina sobre la calle Roosevelt, delante de ese Monumento. Va camino de vuelta a su iglesia, allá, al oriente, en medio del bullicio de las vendedoras y los niños ambulantes: es la estatua de Romero que se anticipa como un nuevo símbolo del futuro.

El origen tan distinto de estas dos esculturas, su significado, su fuente desde las raíces mismas de la historia nacional, develan profundas diferencias: un monumento se construye desde arriba, y en su altura, no es más que un punto de referencia en medio del bullicio; otro, se ha construido desde abajo, desde el dolor prolongado de un pueblo, es decir, su historia, y es el símbolo de un hito, donde la silenciosa, pero imperecedera memoria popular, se aúna con la dureza física del material tangible de una estatua.

Yo, recojo mi memoria, los significados y conceptos que aprendí, e izo el invisible estandarte de la esperanza para ese lugar donde está mi infancia, y donde viven aún, personas que amo.


Jorge Castellón
Agosto de 2009


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