Esa otra orilla que añoramos alcanzar.


Esa otra orilla que añoramos alcanzar.



El hogar, la casa, ese espacio donde, tras cerrar la puerta, el mundo queda afuera a la espera de nosotros, mejor, ajeno ya a nosotros, protegidos como estamos al fin en nuestro encierro de cosas conocidas, de sonidos que envuelven nuestros sueño, de voces a través de las cuales, volvemos a reconocernos en nuestra vida real, en lo que realmente somos…hija, hermano, padre, abuela.


Afuera, no somos lo que somos: transitamos. Vamos de acá para allá, negociando nuestro rostro, y a veces, nuestro ser, en un trueque donde en el mejor de los casos, tras gastarse nuestras manos, nuestra voz, nuestra paciencia, nos queda la esperanza del retorno con lo nuestro, con los nuestros o con nuestra soledad fiel, que nos aguarda.


Deambulamos, somos masa, muchedumbre; luego, en casa, somos este que soy, con nombre propio, aquella que es, inconfundible. En casa, una silla me recuerda, conoce mis pasos, mi peso, mi olor, el toque de mis dedos en su espalda y viene entonces por el uso, el trato y el maltrato, a ser mía. La cama, cóncavo espacio fraguado con el tiempo, me recibe sólo a mí, y ambos encajamos y nos volvemos uno. Conoce mis angustias, mis desvelos, mis vacios, mis infiernos, mi mejor sueño, mi enfermedad y mi delirio y viene así, a ser también, mi cama. Mi taza, casi arremeda los gestos de mi boca al ser abrazada por ese paladar en el que me reconoce, hoy dulce, mañana amargo...Y todo, todo, se va acostumbrando a nosotros y nosotros a todo.


Navegamos, y la casa viene a ser… bien lo ha dicho Sábato, “esa orilla que añoramos alcanzar” en cada tarde. Es que cansada, extraviada en el mundo, la persona que somos, sea quien se sea, más tarde o más temprano, enfrentamos la inconsciente angustia con la que hemos nacido por haber un día, de súbito, haber sido expulsados de aquel tibio aposento que siempre buscamos… cuando más de este mundo abrumados nos sentimos. Cuenta Alberto Masferrer que un día, en la nostalgia de un lugar, en la ausencia prolongada de una casa, llegó por fin a un sitio donde quedarse, y encontró misteriosamente en la cocina de esa casa escritas estas palabras: “el hogar, es el lugar donde más nos quejamos, y donde más felices somos”.


Pero también, la casa, las casas, nos recuerda José Luis Sampedro “nos hablan de los demás para que sepamos vivir juntos y hacernos todos compañeros, como partisanos en esta guerra que es la vida, porque un hombre sólo no es nada…”. La casa es el sitio, el espacio personal donde nos encontramos con los otros, donde la vida, se hace… con-viviencia.


En un lenguaje más allá de las palabras humanas, la casa nos une por medio de las cosas, con aquellos que amamos. Su plato, su manta, su chal, su sombrero, son su esencia; lo mismo que son su esencia sus abrazos o sus besos, lo mismo que sus voces, que resuenan entre las paredes… sobre todo en sus ausencias. Porque es en la ausencia donde, lo que la otra o el otro, tocó, recobra vida, gracias a aquel tacto silencioso que habíamos ya echado al olvidado.


Pienso en la dicha que algunos han tenido de estar siempre allí, en su casa, esa donde han nacido, y donde sus padres han nacido, y de seguir allí, en la memoria de los hijos que siempre allí, han de convivir. Tocan una puerta que se ha abierto al infinito para que sus padres entrasen correteando tras un gato…tocan la silla donde la abuela se sentaba por las tardes; recorren con sus ojos las paredes donde se ha grabado la historia sagrada de toda una familia: sus espantos, las inconfundibles dichas, las muertes, los nacimientos, las fiestas, los velorios…


Una casa es una historia. Y aun los que hemos olvidado ya las veces en que nos hemos mudado, en que hemos metido en cajas viejas los objetos más sagrados que guardamos (que llevamos), también tenemos la dicha de aprender a re-instalarnos como humanos, es decir, a convertir en casa el lugar más transitorio, a acomodar los trastes, a clavar los cuadros, a buscarle lugar a nuestra mesa, para volver otra vez, a convivir con ellos, y con los nuestros, y tejer así, un pedazo más de nuestra historia.


Es que somos siempre de un lugar, aunque este cambie. Los nómadas del desierto, aquellos hombres y mujeres de velos azules, que han hecho de todo el desierto su casa, no dejan por ello, de adherirse y transmutarse en sus provisionales tiendas., que en el lenguaje tuareg recibe el mismo nombre con el que se designan mujer, matriz o matrimonio: éhe. Bello rasgo que confirma que aun el trashumante, necesita detenerse por la noche, volver a la matriz, al calor conyugal, a alejarse brevemente del esplendor de las estrellas, para buscar ese otro esplendor que viene de otros ojos…


Jorge Castellón
Diciembre 2010
Publicado en Revista Resonancias Literarias, Francia:

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