domingo, 24 de marzo de 2013

Monseñor Romero: la semántica de la vida








Fotografia: CARITAS.ORG



Monseñor Romero: La semántica de la vida.

(Publicado en Diario Colatino Revista TresMil , marzo 2012)

Aquello que nombramos con las palabras a veces tiende a desaparecer, dejando en su lugar una sustancia hueca que ya no significa nada. La ausencia del vinculo entre lo que se nombra y la cosa en sí, entre el concepto y el objeto de la realidad que este refleja, deja a las palabras en el vacío.  Ese abandono de la palabra misma en medio de la nada, es en su esencia, una de las  principales dolencias de nuestro tiempo.

Alejadas de su cometido, las palabras languidecen. Arrancadas de sus raíces, que yacen en la tierra  donde acaecen los hechos humanos,  cada palabra deja de ser lo que es, para ser nada. Al no decirnos nada, el lenguaje pierde el elemento que le da la vida. Como lo ha dejado escrito Susanna Tamaro  en el titulo de su hermoso libro: Cada palabra es una semilla, lo que nombramos debiera conllevar en sí la posibilidad de germinar a la vida alimentándose con la fertilidad de su origen y floreciendo en su relación con todo el universo: El origen de la palabra le da su virtud de ser creíble. Su destino, le da la virtud de ser infinita.

No obstante, desde hace ya mucho tiempo, las palabras con las que se nombran los grandes ideales de la humanidad entera, han ido quedando huecas y estériles, porque lo que ellas representan ha ido dejando de existir. El  sonido de su oquedad  remite a los templos abandonados donde antes se veneraban con fidelidad los grandes dioses. El eco de su vacío es como un rumor  que emerge de sótanos y cavernas, donde la vida  ha ido a su vez abandonado lo mejor que de ella tiene, para cada persona sobre el mundo: la posibilidad de ser feliz.

Telarañas, polvo y hollín  recubre el sentido de aquello que un día fue nombrado como Justicia, Igualdad, Libertad, Conmiseración, Bondad, Bien, Belleza, Verdad. Como flores marchitas, como cáscaras de jugosos frutos secadas ya por el sol, como cuerpos exangües, estas palabras no tienen ya contenido. Son el vacío, la nada. Remiten a cosas que parecen para siempre idas a raíz de su triste escasez.

 El ruido del mundo, espetado por  el poder – poder que se disfraza de variadas formas-, se afana en recordarnos con su genuino cinismo, que sobre la tierra en la que florecieron esas cosas ya marchitas, un jardín nuevo nos espera. Que aquellos frutos otrora cultivados con tanto sufrir para su goce en el  reino de este mundo, son la misma cosa que eso que desde los foros, los púlpitos, los cubiles, los centros financieros y las magnas asambleas, se nos ofrece: Progreso, Desarrollo, Amnistía, Libre Mercado, Democracia, Olvido,  Modernización, Capitalismo, Partido, Patria, Salvación.

Cotejado con la cotidianidad salvadoreña, las palabras más queridas  antaño entre nosotros, han perdido lo que un día fue su mejor virtud: su mágica capacidad de persuadir nuestra voluntad de creer. La creencia en las palabras, su aceptación como signo de verdad, el respeto que les profesábamos a su fuerza de vínculo humano; su naturaleza como entidad creativa y humanizadora; su luz, como intención de libertad e identidad, ha ido desapareciendo.
Nuestra cultura es el culto abierto y aceptado de  la separación entre la palabra y su sentido: la pérdida  de los significados más profundos de nuestra naturaleza como seres históricos y sociales; como seres orientados por una ética universal construida a dentelladas, que se empeñaba en la construcción del bien esperanzadoramente,  y en la contención terca, de lo que podía llevarnos al  mal.

El cotejo entro lo que pretenden decir los conceptos y la acción humana que le precede y le sigue,  en el espacio del bien común y la vida política, se ha desquiciado. Concepto-palabra y acción, han quebrado su unidad y degenerado en la esquizofrenia. Tras la promulgación de un valor, le sigue su contrario: al llamado de justicia, el acto alevoso; a la invocación de la  consideración,  el abuso más cruel; a la solidaridad, el desden y el desprecio; al bien social, el desprecio por la vida. 

Lejos de ser un problema lingüístico –semántico, es un problema ético-social. Sin darnos cuenta, con el paso de los años, al tiempo que se corrompían los sentidos y los significados de las palabras, se deterioraban las acciones humanas mismas.

El liderazgo ya no se espera que sea asumido por las personas buenas, sino por las charlatanas; por  las desinteresadas, sino por las avaras; por las sabias; sino por las cretinas; por  las francas, sino por las mentirosas. Por ello, las palabras que vienen de la charlatanería, la avaricia, el cretinismo y la mentira, no puede jamás suplantar ni ser más grandes,  que los ejemplos que se han visto venir de los que han muerto en nombre de la Justicia, de la Libertad, de la Igualdad, de la Bondad, del Bien, de la Verdad.

Al conmemorar la muerte de Monseñor Romero, conmemoramos la muerte de una semántica aferrada a la vida, donde el amor no era otra cosa, que el sacrificio último por los seres amados; un amor tan inmenso, en el que se era capaz de entregar la vida.

 


  


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