lunes, 14 de julio de 2008

El Reloj de flores o la persistencia de la memoria.




No recuerdo haberlo visto funcionar. Tal vez cuando lo vi, ya sus agujas de metal blanco estaban detenidas, apuntando a cualquier parte de su circunferencia de tierra y grama. El tiempo, es lo más seguro, ya se había detenido adentro de esa redondez que miraba a la intemperie. Su círculo, de cara hacia el oriente, parecía estar reclinado sobre un montículo de tierra que tenia una altura probable de un metro y medio. Era un reloj posado sobre el suelo, como puesto, pues, sobre un puñado de tierra, como una cosa dejada allí, en medio de la calle, para ser vista, para ser olvidada en el ir y venir de la rutina de todos los transeúntes, y de los aconteceres de toda una ciudad.

Al parecer, comenzó a funcionar al inicio de la década de los setenta, para en breves años, detenerse. Creo recordar que a mis ocho años, ya el reloj -que entonces tendría cuatro o cinco años de haber sido inaugurado-, había muerto. Así lo veo, así lo recuerdo, como un reloj muerto, escondido entre las cosas, como uno más de esos relojes de aquella pintura de Dalí, en que parecen derretirse, colgar, secarse como cáscaras arrojadas al suelo, hablándonos en su lenguaje de un tiempo detenido.

No sé si sus números eran romanos o latinos, pero sé, que estaban construidos de flores pequeñas, si, de flores, formando líneas, curvas o ángulos. Por eso le llamaban El Reloj de Flores. Intentando recordar, creo que su diámetro era tal vez de unos dos metros de largo, o lo suficiente para poder ser visto sin dificultad desde unos cien metros de distancia. Tenia a su alrededor una pequeña cerca de metal, blanca, que lo intentaba proteger del paso de la gente, rodeándolo. Esta cerca abarcaba un pequeño jardín, el cual iba desde los bordes del montículo sobre el que el reloj descansaba hasta la parte posterior del mismo, donde el jardín se prolongaba por unos cuatro metros, quizá. Proliferaba allí, dicen, la flor del mediodía que le daba al reloj su alegre colorido de todas las mañanas.

Pasábamos a su lado una que otra vez al año. Desde el autobús, quería repentinamente descifrar su tiempo, pero era un intento infructuoso: ya lo había perdido de vista cuando comenzaba a leer su aguja minutera, de suerte que, me quedaba siempre con una hora incierta… Tal vez, más de algún travieso intentaba darle vida a su maquinaria, empujando las astas con la mano, pues meses más tarde, me parecía que marcaba un tiempo distinto al que yo había supuesto. El reloj jugaba conmigo o con nosotros: sin que avanzase él, el tiempo transcurría y me hice adulto, y mi ciudad, se transformó conmigo. Mas su inmovilidad ciertamente fue, esa persistencia de la memoria, que me hace hoy, escribir lo que recuerdo.


A su alrededor giraba el mundo, alrededor de su tiempo detenido, alrededor de su quietud silenciosa. Los hombres, las mujeres y los niños, median con sus pasos quizás sus ritmos olvidados; los ancianos, con su memoria confusa, tal vez figuraban sus rutas circulares ya del todo abandonadas, dejadas al recuerdo. Dentro de esa masa de esfuerzos humanos de todos los días, aquel reloj, se relegaba, retrocedía, cedía su intención como en un absurdo intento de detener lo que veía, o lo que se avecinaba…

A ambos costados de la calle, a uno y otro lado del reloj, se veían pasar -montadas como en un carrusel sinuoso-, una línea interminable de botellas llenas de un líquido rojo, morado o amarillo. Los que caminaban a ese lado de la acera, miraban a través de un cristal ese desfile interminable de botellas de refrescos que iban a ir a parar algún día, inevitablemente, a la mesa de la casa más lejana de ese territorio, que durante toda mi infancia y adolescencia, escuché que albergaba ya, cuatro millones y medio de habitantes.

En el lado opuesto de la calle, hacia el sur, extrañas estructuras, tubos largos, techos altísimos, muros y portones, componían ese lugar que todos conocíamos era donde se hacia la cerveza, ésa cuyo nombre uno veía pegado a la pared de alguna tienda en cualquier barrio, calle o callejón de todos los puntos cardinales del país. La Cervecería La Constancia y la otrora Embotelladora Tropical, formaban el cuadro de ese reloj que allí, entonces, se exhibía en medio de aquel ruidoso punto, donde el tráfico comenzaba a aglutinarse, y que décadas más tarde, se iba a convertir en un tramo casi imposible de lograr atravesar. La avenida Independencia- pues ése es el nombre de la calle- multiplicó sus visitantes, y la entrada a la capital desde el oriente, hundió a aquel Reloj de Flores en el fondo del humo de motores, en medio de la abigarrada multitud y en el profundo abandono en que se quedan las cosas que nos parecen inútiles, convirtiéndolo en aquéllo que desde entonces se nombra sólo por costumbre, como un punto de referencia, no ya por lo que su nombre prefigura, pues ya no era reloj, ni tenia flores. Más correspondía haberlo nombrado, lo que era un reloj que un día tuvo flores.

A sus espaldas, lo largo de aquella avenida, se siguieron multiplicando los lugares donde las trabajadoras del sexo ejercen sus labores, y donde tristemente la oferta casi siempre supera a la demanda. Siguieron juntándose los clientes por las esquinas aledañas, atisbando desde las cantinas, tal vez la oportunidad de una regalía sorpresiva. Continuaron aumentando los niños y las niñas, que al detenerse los autobuses frente a él, subían a ofrecer sus ventas a todos los viajantes: naranjas, plátanos, bolsas con agua. Se sumaron a sus alrededores los mendigos. Se acrecentó a sus costados aquel flujo de personas, que desde los suburbios del oriente de la capital asoman por la mañana – viniendo, por ejemplo, de Ilopango, Soyapango, Lamatepeq, San Bartolo o San Martín- de camino a sus labores, y que el reloj, con su ojo silencioso, los fue viendo regresar todas las tardes, cansados, apiñados en los colectivos rumbo a ese lugar donde sólo se pernocta, residencia momentánea, que es su casa.

Cerca de allí, al alcance de la vista de ese mudo ojo que sólo tiene dos pestañas, creció también con el tiempo, ese lugar donde se juega a la lotería, y desde donde se escucha el grito a veces ininteligible que junta y desjunta, a los cada vez más numerosos desempleados y a los que viven de la suerte, de la propia y de la ajena: ¡El catrín! ¡El tambor! ¡El diablo! ¡La chalupa! Vio, aquel ojo, aglutinarse y expandirse, ese asentamiento de casas eternamente provisionales de la Colonia Iberia, tierra ajena a todas las instituciones, donde nadie desea internarse o detenerse…

Todo creció, se multiplicó, se desbordó: la pobreza, la marginalidad, la producción cervecera, la prostitución. Y el tiempo se midió de otra manera. Aquellas agujas detenidas, cedieron su función a la sumatoria de las cosas, a su índice de hechos, de desechos, de tragedias, de miserias o de rentabilidades sobre unidades de tiempos ajenos a aquella circunferencia de flores diminutas: los muertos, por unidad de día; los niños, por unidad de venta; los desempleados, por unidad de cuadra.

Como premonición o como signo, el Reloj de Flores se detuvo, se echó andar luego, para otra vez volver a detenerse, como un intento absurdo de evitar lo inevitable; como queriendo soslayar que todo prosiguiera. Fue imposible. Tu acinesia bondadosa, amigo, sigue siendo impotente al paso de los días. Tan sólo eres parte de este cuadro surrealista donde se junta tu inmovilidad, con la sucesión triste de las lunas y los soles, de las vidas y las muertes, de la desilusión y la esperanza.


Jorge Castellón

Julio de 2008


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