domingo, 24 de febrero de 2013



La batalla de Acajutla.  ( o la herida de Pedro de Alvarado).

(Publicada en Revista Destiempo. Año 5. Numero 24. México. D.F. Marzo- Abril 2010)

El hombre de ojos tristes sopló a través de la concha que tenía entre sus manos, y así, se produjo ese sonido entre doloroso y seco que se irradió por el espacio cálido de ese mediodía. Su mensaje de derrota desparramó la sal en la carne viva de los que estaban moribundos tendidos en el suelo. 

El muchacho emprendió su carrera mientras el sonido todavía se esparcía como sombra desde la colina: su figura salió del sonido y entró a su carrera; sus pies descalzos, se llenaron de polvo al lanzarse sobre el espacio horizontal al otro lado del valle. Era como si él persiguiera  su destino, o él mismo fuese perseguido por su propia fatalidad. Al correr, ejecutaba un plan, seguía la ruta preconcebida cada noche en medio de  la espera. 

Soñó, esperó, planeó y ahora ejecutaba. Había ya recorrido ese trayecto tantas veces en la oscuridad de sus sueños, pero hoy, tenía que ser más rápido, más veloz. Todo era distinto: si allá  en el sueño fue júbilo, acá fue angustia; si allá en la espera fue entusiasmo, triunfo, acá fue abatimiento, derrota.

Había una diferencia profunda entre lo que había esperado y esta realidad bajo la luz abrasadora del mediodía. ¡Si acaso pudiese volar como las aves! Si acaso pudiese este día, ser esa águila inmensa cuya belleza envidiaba. Hoy, todo se hizo realidad, cesó la espera, cesó el sueño; era verdad, verdad envolvente. Una verdad que abarcaba toda su  existencia, que la consumía, la demandaba, la  devoraba en su imposible ferocidad.

El cenit detuvo el tiempo de los anhelos, y en medio del calor marino, la muerte lo envolvió todo con su color de sangre. Atrás quedaron los cuerpos regados sobre el campo; las manos aún rígidas por el coraje y la fuerza; los rostros húmedos del esfuerzo ya sin sentido de la lucha inútil; cuellos y costillas pasadas por el hierro -esa materia  que hasta hoy habían conocido a través de la muerte-. 

En sus corazas de algodón la huella de la espada se fijó profunda, llegando hasta  las entrañas, partiendo los huesos. Era el choque brutal del metal contra la carne, contra la piel humana y la sustancia de los vegetales. Arcos y flechas quedaron por  el suelo, fuera de las manos que un segundo atrás las sostenían. Yacían las flechas con sus puntas de obsidiana rotas en el contacto con el bronce. Y las lanzas, quedaban tiradas por el suelo ya vencidas, con sus treinta palmos midiendo en silencio esas manchas,  rojas y oscuras, que crecían alrededor de los cuerpos  ahogados en su propia sangre confundida con la tierra.

Ya sin ver atrás, aquel muchacho cruzó el llano. El golpe de sus pies sobre la tierra se hizo recio, rítmico, contundente. Su paso adquirió el compás de los segundos, marcó el tiempo en medidas de su  anhelo, no de su sombra; su eco, emanaba constante de la tierra,  seco, enérgico, como salido de la  profundidad de todo el mundo. El sudor comenzó a bañar su rostro, y sus ojos le ardieron, quemados por esas primeras  gotas que resbalaron de sus cejas, cejas oscuras y espesas que adornaban sus ojos también negros. Sorbió ese líquido que penetró en su boca y sintió su ácido sabor como un jugo sagrado: llanto y sudor fueron indistinguibles en su lengua seca. Gimió y gritó tan fuerte como pudo; apretó sus puños en el vuelo, y por un momento, no vio más nada frente a sí que el sendero confuso que iluminaban sus ojos inundados por la lagrimas. No escuchó otra cosa que un latir violento adentro de su pecho, en su cuello; tan sólo sus gemidos y el aire que se agolpaba en su garganta entrando a sus pulmones.

Atravesó así los campos de la siembra que esperaban en vano. Conocía cada pedazo, cada palmo de la tierra… Algo se rompió con dolor en sus adentros, era como si en su carrera se fuese despegando de su propia piel quedando desnudo con sus vísceras al aire; como si sus huesos se fuesen desnudando, al alejarse de la tierra de cuyo fruto se nutrieron. El aire sopló con su olor de mar sobre su cara, tocando aquel rostro con sus dedos sutiles que hilvanan las distancias. Lo sintió cerrarse a sus espaldas, sintió la angustia que da paso al olvido de los momentos hermosos del pasado, y más bien, ese olor salino, arrastrado por el aire, le recordó por un instante  la  agonía que precede a la muerte, y que una vez sintió en la profundidad de una agua oscura que quiso tragarse su niñez, llevársela al fondo del mar ya para siempre.

Pasó bajo una sombra breve que formaban unos árboles ordenados a la orilla de las tierras cultivables y las sombras incipientes del Cacao le fueron invisibles. No recordó  aquellas tardes debajo de esa sombra dulce donde hilvanó sus sueños de guerrero, de sabio, de poeta; donde inventó ciudades, reinos, imperios tan grandes como nunca jamás nadie soñó ni soñaría en esta tierra; donde decidió ser  tan sabio como Nezahualcoyolt; donde repitió los cantos que aprendió de su abuelo: aquel  anciano  que conoció Texcoco.  Cruzó el escenario de su niñez sin siquiera notarlo: hoy, su historia, era esa carrera  afiebrada en la que se consumían sus fuerzas, era una ruta donde el tiempo se había detenido, para fundirse sólo en el presente. Ajeno al pasado, ciego al futuro.

El dolor comenzó en su costado, en su garganta, y sus muslos se paralizaban sin obedecerle. Se percató que estaba a punto de detenerse, que había ido más rápido de lo que podía. Suavizó la marcha, sorbió agua del pequeño tecomate que se ataba a su costado y  sintió un ardor en la planta de su pie derecho. No podía detenerse. Lloró otra vez sin proponérselo conteniendo su garganta convulsiva, y sintió que de súbito, lo envolvió una fuerza extraña, que casi fue rabia, desesperación, soledad y locura. Su paso se aceleró, crispó sus puños, y el vacío, el silencio, y el ritmo de sus órganos construyeron, otra vez, un estado de existir, interno, extraño, sumergido en la gruta del tiempo por el que suele desplazase la existencia inconsciente de otros seres no humanos. La luz se volvió sombra, el tiempo era espera, espera en movimiento. ¡Qué extraña sensación de morir estando vivo!, de detener el pensamiento, el universo, estando siempre en movimiento.

Se le vio subir por los cerros mientras  unas  aves negras le miraron oblicuas desde su sincronizado vuelo. Una guacamaya escondida lo siguió con su mirada azul y negra, desde su más que roja investidura. Dos pericos bañados en verde jade con diademas amarillas, formaron una algazara a su paso bajo las ramas de una Ceiba. Tres venados, gráciles y temerosos, saltaron ágiles a un lado de los arbustos al ser rozados por su sombra. Un sin fin de mariposas se desprendieron de una rama cuando el muchacho desbrozó un sendero con su cuerpo, y miles de puntos amarillos como gotas de sol se perdieron en el fondo celestísimo del cielo. 

Más allá, la sombra de un grupo de amates lo cubrió. -¿Por qué nacen alineados estas melenas verdes caprichosas de la tierra?- Llegó al rió, se inclinó al cruzarlo, y formando un huacalcon la palma de sus manos se mojó el rostro sin detenerse siquiera. Sus pies se lavaron en el agua, y la sangre de la herida dejó su rastro en la corriente: se confundió con el barro, después de deslizarse del lomo de aquellos minúsculos pececillos rojos que dibujaban  círculos casi transparentes.

Anoche, -lo recordaría después- sintió el amor como nunca antes. Besó a su madre, abrazó a sus hermanos, trabajó sin sueño. Frente a la luz del fuego su silueta era un gigante que se reflejaba en las paredes de adobe de las casas. Por sus venas fluyeron los siglos y por sus ojos desfilaron las generaciones del futuro. Allí, junto a los suyos, no estaba solo; allí, en la víspera, supo que él era un momento de los siglos, pero un momento por donde el tiempo debía de pasar si quería ser mañana, futuro, historia.  El murmullo ininteligible de las voces en las sombras, le recordaron esas historias sagradas de tantas guerras con victorias y derrotas que aprendió de la boca de su abuelo, de los otros ancianos, de los  sabios con los que siempre conversaba.  Entendió que a la mañana siguiente, la historia otra vez se escribiría para siempre. Que otras voces repetirían estos hechos, hablarían de esta hazaña, rememorarían la victoria o la derrota. Había llegado a comprender que siempre el pueblo renacía con sus gestas, sus mitos, sus emblemas. Que una y otra vez, los reinos murieron y nacieron  sin olvidar su pasado: Tollán la eterna y sus designios; el lenguaje sagrado; los libros. Nada podía terminar  con el fruto de los dioses que son los reinos, pues después de la muerte está la historia sagrada que no cesa.

No quería más evocar esa imagen  de dolor que se retuvo en sus ojos mientras esperaba la señal en la colina. No quería ver esa caída, ese cuerpo que se desplomó ya sin vida sobre la tierra sudorosa, bañada ya de manchas rojas. Si bien no vio aquellos ojos  amados que moribundos le buscaron, sí percibió el heroico gesto, terco, del coraje luchando contra la muerte inevitable, en ese ademán increíble de la mano que busca su lanza, su arco o su flecha y que ignora que las fuerzas le han abandonado para siempre con la vida.  Le complacía más, evocar el choque entre el valor inteligente y la rabiosa arrogancia de esas bestias extrañas, ese momento mortal, pero heroico, en el cuál  brotó la sangre del que se creía invencible. Ese instante en que la sangre de Alvarado, el Tonatiuh, se vertió como signo de victoria, de esperanza sobre la tierra seca. 

Recordó como avanzó la bestia con esa piel gris que brillaba bajo el sol, y con su lanza filosa que era indestructible, mientras alguien,  esperaba al final de su carrera la distancia precisa de acertar un golpe, de lanzar la flecha. El muchacho había visto esa maniobra, antes, cuando le fue enseñado el arte de la caza del jaguar en la noche plateada de los bosques; conocía ese sutil desplazamiento del cuerpo hacia el costado derecho, mientras el brazo del mismo lado, el más fuerte del cazador, lanzaba el golpe. Tonatiuh no lo imaginó en ese segundo oscuro de la ira, mientras arremetía desde su altura inalcanzable sobre su bestia de ojos tristes.  Todos sus rivales habían fallado en el intento, y sus flechas se toparon inútiles, con la coraza de metal que cubría sus costados, su pecho y el fuego de su cara. …Pero, cómo escapar al movimiento inteligente de una mano que seguía un plan preciso, acertado, en busca de su objeto: el resquicio de carne desnuda de los miembros. La flecha atravesó la pierna y se clavó en la silla después de volar invisible atravesando el aire mudo y polvoriento. La sangre brotó a borbollones.

El hombre de pelo rojo no imaginó su caída, y en los meses siguientes, nunca supo de dónde provino esa fiebre que le descubrió su impotencia; que amilanó despacio su exacerbada e insaciable ambición; que acrecentó la vergüenza y el dolor, haciéndole sentir el terror de la muerte. Nunca supo por qué la herida no sanaba, por qué la carne se podría y el dolor era tan intenso e iba desde sus dedos del pie a sus testículos, a su espalda a su cabeza. No sabía que esos hombres que vivían a la orilla del rio que divide los reinos, prestaron su secreto mortal a los guerreros. Las flechas de Tenochtitlan y de Atitlán no tenían veneno, pero la flecha que cayó en su pierna llevaba la saliva escondida que pudre la carne: la baba del diminuto batracio que se esconde tras las piedras con su azul de cielo  o con su rojo intenso, entre las flores.  Le robaría piel, lo haría cojo, y su soberbia le haría burla en los espejos. Y en ese instante del futuro, donde su cuerpo reclamaría fuerza para evitar la muerte, no podría esquivar la bestia que lo aplastaría mientras huía por las laderas de Xalisco, por los caminos verticales del Mitzón. No podría evitar el peso de la bestia que trituraría sus costillas, sus órganos, y que lo llevaría de la agonía prolongada hasta la derrota definitiva, hasta su muerte; que de Tenamaztle fuera, la victoria que empezó con Atonal. 

Agonizaría tres días con la misma visión de Acajutla, con el mismo dolor que abrasaba sus órganos, con el mismo orgullo del que no acepta la derrota.   En su lecho, recordaría los ojos inundados de horror de Tecuelhuatzin frente a su cara, escucharía las  palabras de aquella mujer en aquel idioma ininteligible, pero que eran de dolor y  eran de odio… una noche, bajo el cielo negro de Tlaxcala. Soñaría que lo aplastaba un caballo de oro sin cabeza  y que el mar se cerraba en una ola de sombra sobre su cuerpo rojo… jadeó, blasfemó, hasta llegar al olvido eterno de otros sueños.

Las horas acarrearon las sombras,  a sus espaldas, el muchacho no pude ver esa mancha inmensa color de fuego que se hundía en  aquel mar, ni divisó las primeras estrellas en la parte más oscura de su cielo. Los grillos comenzaron ese canto ensordecedor, escondidos ya en las ramas oscuras de los árboles robustos; las aves, buscaron su habitual refugio en medio de gorjeos misteriosos,  y en los ríos, los cangrejos retrocedieron a sus cuevas debajo de las piedras bajo el lodo. Callaron los  pericos su algazara loca; cesaron los paseos de los pavos por el campo, y el viento fue más  tenue, pero helado: la oscuridad lo trasformó en el triste frío de la noche. A sus espaldas, cerca de lo que fue su hogar, la luna  iluminaba  aquel milenario vaivén de olas incansables que ayer, fueron  música que arrullaba la  vida diurna y  el sueño, y que ahora, eran un rumor  de nostalgia que lloraba, hasta convertirse en elegía.

Había pasado medio día desde su partida, cuando entró a las primeras calles de Cuzcatlán.  El lago ya era negro, y nada se movía encima de sus aguas. La gente lo siguió, expectante, despacio, hasta la casa del Señor y de sus príncipes, allí,  atrás de aquel árbol que durante el día, mostraba sus flores de espuma rosada. Los que se amontonaban en la casa  principal le abrieron paso; se detuvo, se arrodilló de cansancio y habló con esfuerzo y con tristeza:

Hemos luchado, han matado a nuestra gente, se aproximan. Tonatiuh sangra y grita. La flecha de mi padre lo ha alcanzado, mas mi padre... ha muerto. Yo vengo a luchar  la otra batalla

La noche envolvió al pueblo. El tiempo se detuvo para dar paso a la espera, y en medio de un jardín no sembrado por nadie, un hombre miró las estrellas e imaginó un destino y una guerra sin fin en las montañas. Un jaguar rugió desde adentro de la noche: es el alma de un guerrero que recorre los campos de estas tierras.
  

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