martes, 7 de agosto de 2012

El Aleph prodigioso



El Aleph prodigioso.

(Publicado en Revista Contrapunto. Agosto 2012)

Releyendo esa maravillosa obra que sobre Fernando de Magallanes, escribiera Stefan Zweig, me sorprendo en una tarde de domingo, en uno de esos lugares donde muchas personas se congregan – llamados por el olor del café-  con sus respectivas soledades y silencios, a pasar las horas con sus   miradas atentas sobre las pequeñas pantallas de sus computadores y tabletas.

De repente, me sorprende ser el único en ese sitio, que en lugar de algún dispositivo electrónico, tiene un libro en sus manos. Este hecho, pienso, me da ciertas limitaciones, o tal vez, me da ciertas ventajas. No lo tengo claro. Me intriga saber qué ven en ese momento preciso, qué observan, qué leen los otros; y si de alguna forma su mirada es más profunda, más amplia, de lo que yo experimento al leer como aquel famosísimo personaje contornea con su nave el África y  se avoca a la actual Singapur; o como navega sobre gélidos mares bordeando la actual Argentina y penetra en un hasta ese momento desconocido estrecho, ¡laberintico pasaje! que hoy lleva su nombre.

 Al leer trato con mi mejor esfuerzo de imaginar el mundo, de recordar los trazos de un globo terráqueo, de comparar fechas, de visualizar rostros. No estoy seguro si eso puede ser mejor sustituido, con un esfuerzo menor, con la ayuda de algunas de esas pequeñas y sorprendentes máquinas que me ubicarían en un lugar preciso del planeta con una visión inmediata y llena de plena  nitidez. Podría consultar todas las fechas, y evocar tal vez, claros retratos de históricos personajes. Todo un universo de cosas para mí inalcanzables con mis modestos recursos mentales.

De inmediato recuerdo una semejanza que algunos creen encontrar entre un relato de Jorge Luis Borges y la invención del internet. No sé, si lo que Borges quiso ver en el Aleph fue  - como afirman-  la profecía de un universo cibernético. Esa noción que él resume cuando dice que aquello era “uno de los puntos del espacio que contiene todos los puntos”, o cuando apunta que: “ [el ] espacio cósmico estaba ahí [  ] Cada cosa [ ] era infinitas cosas, porque yo claramente las veía desde todos los puntos del universo.” (El Aleph, Emecé, 2005. pág. 241)

No obstante, creo ver en esa visión inusitada, algo más que eso que la mente humana ha creado para facilitar sus funciones más complejas. De muchas maneras, como bien dirá del lenguaje el mismo autor, pese a que la realidad es omnipresente y multisensorial, el contacto consiente con ella a través de la percepción o la memoria, por ejemplo, es sucesiva ( y yo agregaría, selectiva). De no serlo, quedaríamos atrapados en un laberinto infinito de recuerdos  -como ocurre  en Funes el memorioso, quien pensó, escribe Borges en ese cuento “que en la hora de la muerte no habría acabado aun de clasificar todos los recuerdos de la niñez”. Ver Ficciones. Emecé, 2002. pág. 169 - , con lo cual se desquicia el diario vivir de nosotros los mortales.

El argentino lo aclara: “lo que vieron mis ojos  fue simultaneo; lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es.”  Para luego anotar: “Vi el populoso mar,  vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto [ ]”.

De esta forma, la simultaneidad es el principal atributo de esa visión borgiana del Aleph, que es como un sueño. Y… “qué sucede al despertar? Sucede que, como estamos acostumbrados a la vida sucesiva, damos forma narrativa a nuestro sueño, pero nuestro sueño ha sido múltiple y ha sido simultaneo” (Siete Noches. FCE. 1995, pág. 37)

En un conferencia sobre Nathaniel Hawthorne, que aparece en su Antología Personal ( Bruguera, 1980) hay una idea parecida. Allí, Borges refiriéndose a una narración del escritor norteamericano y a su significado, dice: “es un símbolo múltiple. Un símbolo capaz de muchos valores, acaso incompatibles. Para la razón [ ] esta variedad de valores puede constituir un escándalo, no así para los sueños que tienen su algebra singular y secreta. ”.( pág. 235).

Quizás lo que Borges vio en el sueño, en la pesadilla, eso mismo que pudo imaginar en ese punto donde convergen todos los puntos, sea lo mismo que hay en la escritura y su relación con el lector. Tal vez no sea, un objeto en sí, o una suma de cosas, sino más bien, un encuentro, una vivencia: esa que se produce entre el que lee y el que escribe, mejor, entre lo escrito y el lector. El internet por sí solo, no tiene ese milagro.

El signo de la escritura tiene el prodigio de ser múltiple y la capacidad de ser simultanea. Pero ese prodigio y esa capacidad solo se revela en el encuentro que se produce entre, digámoslo así, el libro y su lector.  La proeza de Magallanes es un hecho de múltiples significados para la  historia, pero aun más, para la literatura. 

Pero lo es en tanto que quien lee, cree ver e imagina, aquello, que un segundo lector -aun creyendo e imaginando nuevas cosas-, no repite sus significados: cada lector hace converger sobre la pagina, múltiples puntos de un universo personal. Dos que leen lo mismo, leen cosas diferentes. Lo leído, contiene en sí, ambas interpretaciones y muchas por venir.   

Por lo tanto, quizá, no es el soporte, sino el texto. Sea electrónico o en papel, no pierde su profundidad, la que cada  lector le enriquece. Lo que tal vez se pierde en aquel, quizás… sea la intimidad. El libro que acaricio, hojeo y subrayo es mío, aunque lo comparta.  Me reconozco en sus páginas y en esos sus ininteligibles trazos de sus márgenes. Al cerrarlo, una parte de mi, duerme. Es decir sueña o recuerda la visión de mi Aleph prodigioso.  



 

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