lunes, 19 de noviembre de 2012

Cisnes de pan y turrón





Cisnes de pan y turrón.

Publicado originalmente en Diario Colatino. Revista TresMil.

Sobre la cuarta calle oriente, en el tramo entre el parque Bolívar y la parte trasera del almacén Simán, en San Salvador, existía una panadería. No he podido recordar ni averiguar su nombre pero era allí, donde se vendían unos exquisitos cisnes hechos de pan y turrón. El cuerpo del cisne lo formaban dos trocitos que semejaban alas,  pegados ambas partes por un delicioso turrón blanco. Era en este turrón, en el centro del cuerpecito del ave, que se incrustaba otro trozo delicado de pan, con la forma del cuello y la cabeza. Su tamaño era el justo para caber, y nadar, en la palma de la mano de un niño de cinco años.

Los colocaban en unas cajitas pequeñas, donde se podían acondicionar, sin estropearse mutuamente, unos cuatro de aquellos cisnes. Su olor, era fresco, dulce, pero sin exceso, y se mezclaba en él, el azúcar, el huevo hecho miel vaporizada, la harina hecha pan oscuro y sin duda, alguna vainilla invisible que coronaba el aire a metros de distancia, y que el olfato de cualquier niño reconoce sin nombrar como algo delicioso. Así, al pasar por enfrente de aquella panadería, uno se retrazaba, se jaloneaba de la mano que lo sostenía, y quería conocer, que va, saborear ese misterio tibio y casero, que por la puerta se escapaba hacia la calle para disiparse en deseo.

A veces, uno era afortunado y los pasos queridos de la madre, de la tía, o de la abuela, no pasaban de largo, sino, que se detenían brevemente en esa puerta con gradas, para- ¡ah, que sorpresa!- escalar al paraíso de donde provenía ese aroma cuya forma uno ya conocía.
    
Veo frente a mi, los mostradores, que llegados a la altura de mi frente, encerraban una inmensa variedad de reposterías y panes, mas la vista hurgaba, con desespero, por el lugar donde descansaban, en filas, aquellas hermosas criaturas de cuellos delgados, altivas en su pequeñez,  diminutas en mi mano, pero inolvidables en el sentir del tierno paladar de los infantes, al punto, de cruzar los lustros y las décadas, y seguir en la memoria tan frescas como su olor mismo, como su forma.

¿Qué manos prodigiosas habrán dado vida a esas criaturas del aroma? ¿Quién, fue esa persona, que en silencio, frente al abrasante calor de un horno, trabajaba para hacer surgir el milagro repetido, como llama al pan Neruda? ¿Dónde está, dónde se habrá ido, injustamente olvidada por las gentes mayores? ¿Cuál era tu nombre: Juan, Sonia, Pedro, Carolina?

Donde estés, si es que aún estás en este mundo, gracias por llevarme, por virtud de tu oficio, al centro de un terruño desaparecido, al corazón de mis recuerdos, que conservan intactas las obras de tus manos, desde el sagrado anonimato de los que sin proponérselo, van construyendo el mundo de los otros.

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