domingo, 4 de noviembre de 2012

El arte y la realidad




El arte y la realidad.

(Este texto es la primera parte del articulo titulado Literatura e historia en El Salvador: 1929-1998. Publicado en la Revista Amsterdamsur, Holanda, Invierno 2011)

La pobreza, la injusticia social, la presencia del bien y del mal en el mundo, la existencia misma del pobre como personas reales que cargan el sufrimiento del mundo,  más que  un problema estético, han sido, para   la persona entregada  a la creación   artística, un problema ético, y más aún, ha significado una actitud  política que directa o indirectamente ha afectado su arte creativo. Y es que, la verdadera obra de arte, aunque nazca o se inspire en un hecho concreto donde ese mundo se manifiesta, en una circunstancia precisa que acontece en ese mundo, tiende por su unicidad y significado, a ser universal, a abarcar diferentes sucesos en el tiempo y el espacio, y aun más, a guardar su lugar en el futuro, como creación viva.

Es esa actitud política- es decir, actitud ciudadana-  y es esa actitud humana, la que hace que Picasso nos herede su Guernica; Neruda sus Odas,  Rulfo, sus cuentos, Gorki su novela y Dante, un idioma. El arte no escapa de la realidad, de sus preocupaciones y ocupaciones,  ni de las utopías que toda realidad que quiere ser transformada, conlleva. Pero,  lo particular  en el arte, es que junto a esas circunstancias objetivas, la pasión y la afección de la persona que crea, hace nacer una obra irrepetible que no sólo va hablar de las cosas de su tiempo, y de sí misma, sino, de las cosas de otros tiempos, y de todos nosotros. Por ello pervive la tragedia griega, la épica de Homero, porque sin obviar la guerra entre los humanos, hace que recordemos una pasión de amor,  o una esperanza enamorada.... 

Lo que rodea al Quijote, y los que lo observan o encuentran, o dialogan con él, o son apaleados por él,  son personas de su tiempo, estaban y están ahí, y ahí los ha dejado Cervantes para la eternidad. Pero la pasión y el amor del héroe más digno de la historia de la literatura, capaz de haber creado un carácter  para la humanidad toda,  no por ello pierde brillo estando inmerso en su tiempo y en su espacio. Ya la llanura española no existe sin su flaca figura. Como si sólo fuese él, siendo en su circunstancia.... en su mundo.  

Entonces, si la realidad  obtiene una manifestación distinta  en el plano del arte, pues como tal, el arte viene a ser una  cristalización irrepetible de esa profunda , compleja y genuina subjetividad – la de ese o esta  artista-  en  su mundo concreto, entonces, esa trasmutación de la realidad que hace esa persona- artista, provoca que en un momento determinado,  el mundo, en lo peor y más triste de su materialización física y espiritual, nos afecte de una forma distinta a través de su creación,  que en sí, ya no le pertenece a quien la crea, sino, que ya es parte de la  realidad misma, de la comunidad de personas de este mundo, en el presente y en el futuro. Y aquel afectar puede resultar aún más significativo y perdurable, que la simple y directa mirada sobre las cosas.

Pero hay algo muy importante en la función del arte, pues cuando escribe Ana María Matute, que  “la alegría no nos necesita”, se sigue que la alegría se basta a sí misma para vivir en el mundo, en tanto que la tristeza, esa actitud primera frente al mal del mundo, nos necesita para hacerse más patente entre nosotros. Pareciera que destacar lo bello, lo bueno y lo verdadero siempre nos es más grato que develar lo feo, lo malo y lo falso.  Y de esta forma, una parte esencial del verdadero arte parece ser siempre que este, nos habla de lo triste.

Por otro lado, cada expresión artística, alberga la posibilidad de contribuir, a despecho de sí misma, a crear una más amplia mirada del mundo, de la vida de las personas, de su sino y destino, de sus sueños. Y en su vivo reposo, este libro, o aquel lienzo, nos vinculan a la historia misma hasta sus nimios y tristes detalles de existencia.

Los pobres en la Revolución Industrial -esa comunidad vista tan claramente en las obras de Charles Dickens-; las masas anónimas que esta nueva sociedad capitalista empieza a crear, retratados en los lienzos de Vincent Van Gogh, continúan viviendo a nuestros ojos, y de esa forma, nos permiten percibir una realidad en movimiento, de manera simultánea: pasado y presente se funden. 

Ese lienzo de aquellos, "Los comedores de patatas" del apasionado pelirrojo holandés, son un inmenso grupo de gentes que habitan en cualquier rincón del planeta. Son los mismos que existen en Los Miserables de Hugo,  en La guerra del fin el Mundo, de Vargas Llosa, en El Llano en llamas de Rulfo y en los poemas de Miguel Hernández: son los niños hortelanos, que  por supuesto, también existen en Cuentos de barro del salvadoreño Salarrué. 

Pero el arte nos hace de igual forma, ver o soñar el futuro. Así, sobre la literatura, el mismo Carlos Fuentes siempre ha afirmado la posibilidad que nos brinda de imaginar el pasado y recordar el futuro. De que el escribir, esa acción de poner en orden aquello que está disgregado, permite el arribo a esa fugaz percepción de la circularidad misma del tiempo humano. Es en este punto del futuro que el arte nos conduce silenciosamente, subrepticiamente... a la utopía. Y la obra de arte puede resumir, condensar si se quiere, o contener la inmensidad de un sueño de futuro de todo un grupo social, de una clase, de una nación, tal vez, de una época.



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