lunes, 9 de julio de 2012

Las maravillas del mundo




 
Las maravillas del mundo.

(Publicado el Revista Contrapunto. 29 de marzo 2012)

Creo que las maravillas del mundo no son tan solo siete o diez lugares que indudablemente han sido construidas con magno esfuerzo y  abundante belleza. Estoy  convencido que lo maravilloso debiere remitirse, o estar abierto a incluir todo aquello que en el universo que nos rodea, al contemplarlo, nos seduce; pero, lo hace de tal forma, que estamos dispuestos a llevarlo con nosotros en la memoria, en el corazón y en los sueños, hasta que nuestra propia maravilla – la vida- termine con la llegada de la muerte.

Tal vez después empiece otra, pero mientras tanto, lo maravilloso de la naturaleza debiera conformarnos para alegrar nuestro breve existir.

La naturaleza es algo más que un simple conjunto de plantas, rocas,  animales u objetos en el cielo. Al observar esas mismas cosas con ojos infantiles, descubrimos sortilegios que pueden decirnos  tal vez, los secretos que la vida humana necesita saber para hacerse mejor y quizás, feliz: el amor entre las criaturas, la manera en que se cuidan y se recuerdan, la búsqueda de su origen; es decir, eso que descubrimos en los ojos del gorila que observa a su cría; eso que devela la visita que los elefantes hacen al lugar donde yacen los huesos de algún  miembro que fue parte de su manada; ese sentido oculto que envuelve el largo retorno de la tortuga marina al lugar mismo en que ella ha nacido, para luego, depositar allí sus huevos, no importando si ese lugar está al otro lado de un inmenso océano...

Estos seres, dentro del hermoso mutismo de sus vidas, nos presentan uno a uno, ese exuberante manantial de significados infinitos; ese insondable misterio de sus formas de ser que no acaban; esa manera tan simple y tan profunda de cada proceder, que emerge de toda la historia natural en la que, en compañía, cada criatura se ha formado, para ser lo que es, y poder así nosotros, nombrar la vida con sus variados nombres.

En Nueva Guinea existe una ave, su nombre es extraño, y remite al lugar donde habita: la península de Vogelkop. Este pequeño ser pertenece a esa clase de avecillas que se podrían nombar como “pájaros constructores de enramadas” (bowerbirds). Este Vogelkop (Amblyomis inomata) realiza una increíble hazaña: la construcción de un nido -más bien una pequeña choza o enramada- sobre la superficie del suelo.  Pero esta construcción conlleva no solo el diseño y la hechura de una curiosa fachada en forma de anfiteatro, sino, lo que es sorprendente, su increíble decorado.

Así, la  delicada ave, en su intento de halagar a alguna futura pareja, va colocando con primor a la entrada de su choza, las mejores flores que es capaz de  encontrar, posándolas en el suelo sin apuro ni desorden, más bien, con un sentir genuino de lo estético, logrando al final una florida alfombra que invita al amor y al sosiego.  

Pero más aun, con una  sensibilidad inusitada de  silencioso escultor, ordena pequeños guijarros que darán forma a suaves estructuras, que quizás, vista con ojos humanos,

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